¿Claudicar?…
Paranoia, moros con tranchete, pasos en la azotea, como sea que quiera llamarlo, lo cierto es que nos encontramos en una situación de inseguridad generalizada, en donde pareciese que nuestra naturaleza es cuidarnos y desconfiar de todos, incluso de nuestra propia sombra.
Las puertas de nuestros hogares cerradas a piedra y lodo, incluso a plena luz del día; sentirnos vigilados por ojos extraños, tal vez de nadie, pero la sensación de incertidumbre nos obliga a mantenernos alerta; delirio de persecución típico de esta época violenta que atravesamos.
¿En manos de quien dejamos nuestra tranquilidad? Prefiero cuidarme a mí mismo, no resulte que el vigilante sea el que esté fiscalizando cada uno de nuestros pasos para conocer nuestras rutinas y, cuando las aprenda, actuar en consecuencia; hasta en esto manifiesto mi paranoia, ¿estaré al borde de la locura?, ¿o es una realidad esa sensación que me lleva a imaginar que estamos en una guerra de todos contra todos?
La tranquilidad se nos está yendo de las manos, de hecho, hoy día la tranquilidad es lo menos que tenemos y eso no es bueno para ninguna sociedad civilizada; por ello, mientras no decidamos caminar por el mismo sendero de paz y cordura, seguiremos desconfiando hasta del egoísta de nuestro vecino; seguiremos cerrando con candado las puertas de nuestra casa; seguiremos mentándoles su progenitora a los políticos tranzas.
¿Podremos resolver esta situación en donde la violencia, producto del miedo, está a flor de piel?, o es preferible claudicar, cruzarnos de brazos y decir que nada se puede hacer.
Con qué autoridad moral podría ver a la cara a mis hijos, a mis amigos cercanos, si saliese con la bobada de que “no se puede”, y criticar a los que intentan ser la diferencia y resolver la problemática sin echarle la culpa al pasado, ¿Quién me ha autorizado para criticar a otros que se han atrevido a hacer algo diferente mientras yo me oculto en el anonimato de mi mediocridad?; ¿en qué momento la soberbia me convenció para creer que soy el poseedor de la verdad absoluta?; ¿Cuál es la causa por las que mis miedos me han llevado a desestimar el valor que otros tienen de decir las cosas tal y como las piensan y salir con el consabido: te lo dije?.
Agachar la cabeza no es la opción; cerrar los ojos no está en nuestra agenda; el mirar a otro lado mientras la batalla continúa es solo la estrategia del avestruz; “vivir es a cada momento”, pero el “dejar hacer, dejar pasar”, solo es un sofisma de la decadencia moral.
A la gente hay que motivarla para mirar hacia arriba, para tener como meta lo que está adelante, no podemos decirle que “no se puede”; ¿Quién dice que no se puede? (como citaba un slogan político de hace algunos ayeres).
¡Si se puede y no hay más límite que nuestra voluntad!; para lograr lo que queremos tal vez nos lleve muchos años, quizá sea necesario caminar terrenos pedregosos y llenos de estulticia inmunda; probablemente en algún momento nos sentiremos cansados y pensemos en abandonar el camino trazado; justo en ese instante nos acordaremos de aquellos agoreros de la mediocridad que pensando en sí mismos, nos decían que “no se puede”; pero es precisamente en ese momento que la luz de nuestro valor nos deberá enseñar que el camino puede ser largo y sinuoso, pero al final satisfactorio el reto de haberlo vencido.
Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.