Por quién doblan las campanas…
Más de noventa mil muertos y contando, madres desconsoladas, hijos ávidos de padres y hermanos que fueron truncados en sus sueños; la muerte desconocida se llevó a miles de conocidos, dejando un saludo inconcluso, un beso por toda la vida esperado y hasta un abrazo que nunca más llegará.
Los muertos de la pandemia son personas que querían seguir viviendo y no tuvieron oportunidad; la realidad nos lleva a seguir esperando en la vorágine del recuerdo estéril, en la turbulencia de la incertidumbre en donde muchas madres anhelan abrazar, aunque sea por última vez, a sus hijos, a sus hermanos, a sus esposos; anhelo imposible que se llevarán a la tumba; vida desgraciada por el temor a quienes han atravesado esa experiencia; muertos en vida al arrancarles un pedazo de su familia.
A veces la tristeza nos invade, incluso en ocasiones hasta una furtiva lágrima recorre la mejilla y no entendemos o no queremos entender porqué sucede; sentimos nostalgia al ver a una pareja tomada de la mano, y entonces nos acordamos de aquellos días no muy lejanos en los que nosotros también teníamos una mano que acariciar.
Cuando están con nosotros hacemos todo lo posible por dejarlos ir, los ignoramos, los dejamos en un segundo plano de nuestra mente; pero después en su ausencia, nos obstinamos en retenerlos en nuestro recuerdo. En todo caso, en esa obsesión de no querer olvidar se encuentra una gran dosis de ese sentimiento inútil, llamado culpa.
Sentimos culpa por todo aquello que hicimos o dejamos de hacer cuando esas personas estaban con nosotros; el remordimiento destruye nuestras entrañas y no nos deja en paz; pero ya nada se puede hacer, por mucha culpa que sintamos no se corregirá el pasado; el flagelarnos con la horrible oscuridad de la tristeza no secará las lágrimas del alma.
No hay mejor cura para la tristeza que nos provoca la culpa que el actuar en el presente; no esperes a que llegue el mañana para atender ese presente que a cada segundo se convierte en pasado; hoy toma la mano de esa hermosa persona que tienes a tu lado, demuéstrale tu afecto y encontrarás que el efecto rebote es todavía más maravilloso.
Besa la mejilla de tu madre, de tu hermano, mañana puede ser demasiado tarde y entonces te seguirás culpando por no haber actuado a tiempo, por haber dejado pasar esa maravillosa oportunidad de recibir una respuesta que hoy por mucho que la lloremos y ansiemos, nunca más llegará.
Es seguro que a todos nos quedó un abrazo pendiente, una comida en la agenda, esperando que terminara la contingencia sanitaria para volver a estar uno frente a otro, pero el destino determinó que ese momento ya no podrá ser posible, incluso, ni siquiera nos dio la oportunidad del último adiós, del último apretón de manos; la soledad de su muerte es la soledad de nuestras vidas.
Por ello, no te preguntes ¿por quién doblan las campanas?, mejor pregúntate con quien voy a disfrutar este transitorio día de felicidad, que a la postre será eterno en nuestro pensamiento.
Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.