La mayoría de los electores votó por el PRI, ya sea porque postuló a los mejores candidatos, formuló las propuestas más atractivas, desplegó la más eficiente organización, porque las reformas transformadoras han empezado a dar frutos que presagian más, o por alguna combinación de esos factores; no obstante, faltaría responder para qué ganó el partido.
Al ganar, el PRI asume la responsabilidad de proseguir la transformación de México; esto es, de trabajar para que en un ambiente de pluralidad y de transparencia crecientes, continúe y se intensifique el diálogo entre fuerzas políticas que, siendo distintas, no necesariamente se opongan; cobre mayor eficacia la colaboración entre poderes de la Unión que, siendo formalmente iguales, no se obstruyan; que la relación entre ámbitos de autoridad que, siendo soberanos o libres, se traduzca en más y mejores servicios para la gente; y que al liberar la acción social, ésta haga causa común con la acción gubernamental para crear una acción pública transformadora legítima, fuerte y eficaz. La transformación de nuestro país es, en suma, la consolidación de la democracia plena en México.
Lo anterior implica una renovada conciencia de lo que implica ser representante popular. Particularmente para los legisladores, diputados federales y locales que fueron electos y que desempeñaremos una función a la que le urge hacer constatar su utilidad pública, entregar resultados abundantes e impecables, construir ciudadanía explicando sobradamente la función legislativa, catalizar el debate público y atemperar el ánimo social evitando que se desborde, comunicar con claridad el proceso y los resultados de las tareas realizadas, mantener contacto y diálogo permanente con los ciudadanos, crear mecanismos novedosos de comunicación e interacción con los electores y grupos sociales, ser un eficiente freno o contrapeso que asegure la fidelidad con el proyecto de nación plasmado en la Constitución, al tiempo de que fiscalice la adecuada, oportuna y benéfica aplicación del gasto y la ejecución de acciones de gobierno que aseguren la correcta implementación de las reformas transformadoras.
Significa también, responder al imperativo de ser sensibles, entender el llamado de atención de no pocos ciudadanos que cuestionan la eficacia del sistema de partidos, y asumir que estamos obligados a representarlos con tal actitud y dando tales resultados, que merezcamos su respeto, para poder aspirar a alcanzar su confianza.
El PRI asume la urgente necesidad de fortalecer el vínculo entre mandante, que es el ciudadano que ordena, y el mandatario, que es el representante que le obedece; y entiende que hacerlo, necesariamente pasa por la transparencia, como medio para garantizar la honestidad, que para el representante es obligación jurídica, pero sobre todo, debe serlo ética; y que abarca hasta el modo de vivir, que no nada más debe ser honesto, sino mesurado, conforme a ideal y ejemplar medianía republicana a la que se refiriera Benito Juárez, y de la que dejó constancia.
Así las cosas, el PRI ganó para acompañar la siguiente y muy retadora fase de la transformación del país que lidera el presidente Enrique Peña Nieto, y que pasa por alcanzar un mayor crecimiento económico que favorezca la prosperidad y un clima de seguridad y justicia indispensables para la paz.
@CCQ_PRI