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Optimista

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Terlenka         

Evita asomarte a la ventana, no verás más que vidas desperdiciadas, sufrimiento, movimiento que provoca dolor, animales bípedos que intentan sobrevivir: verás como el tiempo y con él la vida se consume en vano. Dicta una voz en mi interior, una voz pausada y agria. Hago esfuerzos mayores por ignorarla y no sólo descorro las cortinas para mirar hacia la calle, sino que también pongo los pies en la acera y me dirijo hacia algún lugar como si en verdad existiera “algún lugar” distinto a la ciénaga en que flotan esos mártires que la susodicha y amargada voz interior se obstina en describir.

 

Viene a mi presente el recuerdo biográfico de Lev Tolstoi (1828‑1910). Los rumores acerca de que años antes de su muerte abandonara la escritura y decidiera dedicar su tiempo a los desamparados: dedicarse a lo que hoy en día llamamos ridículamente las “causas sociales”, como si uno pudiera elegir entre dedicarse a estas causas o no. Un tiempo útil y cuya consecuencia sería el bien, no la invención de una novela que en nada lograría atenuar el dolor humano. ¿Qué caso tiene escribir una novela más en medio de un campo de batalla y destrucción? Tolstoi se hallaba para entonces decepcionado y harto de tanta basura publicada, la cual, a sus ojos, sólo aumentaba la miseria humana y la ignorancia que le permite al débil ser bocado y presa sencilla de los depredadores. Incluso llegó a considerar moribundo su oficio literario; y así escribió: “Las causas de la decadencia de la literatura son: la lectura de obras ligeras que se ha convertido en un hábito, y el hecho de que escribirlas se haya vuelto una religión. Escribir a lo largo de la vida un buen libro es más que suficiente.” Pero el tiempo está perdido de antemano, su esencia parece ser, precisamente, el estar perdido, el consumirse. Los mismos desgraciados que sufrían en la época de Tolstoi sufren en la nuestra, igual que los mismos farsantes y crápulas alzan la voz y se aprovechan de la debilidad y la pobreza: la estimulan. ¿Y por ello debe uno renunciar a escribir novelas o a componer música? No.

 

La pregunta crucial en la teodicea desde Job, los antiguos Gnósticos, Leibniz o cualquier persona inteligente capaz de dudar (la pregunta ¿cómo justificar la idea de Dios en medio de tanto mal?) no puede ser respondida más que a título personal y parcialmente. Friedrich Nietzsche (cuyo pensamiento dominó en gran medida el siglo veinte) sustituyó el sentido de la divinidad por la música misma. El filósofo de Sajonia creía que la crueldad humana, la maldad, el acecho de la muerte podían potenciarse y trascenderse al escuchar la música. Por el contrario, la palabra, el diálogo, los argumentos no representaban para él más que maneras de mentirse a uno mismo, de confundirse y darle la espalda a la tragedia que representa el hecho de haber nacido, de ser casual y efímero: miseria pasajera. Nietzsche enfrentaba la conciencia de la tragedia, se alimentaba de ella y la trascendía vía su amor por la música, como lo acentúan sus biógrafos y críticos, Safranski, Stern, etc¼ (a excepción de Deleuze). Envidio esa efímera felicidad que yo no comparto ni remotamente. Todavía me asomo por la ventana y ninguna música o forma de arte podrían hacerme olvidar todo lo que veo y presiento.

Por cierto, aquella mujer se avergonzaba si alguien la miraba en bragas y, en cambio, no se inmutaba cuando se paseaba en la playa cubierta apenas por un tenue traje de baño. ¿Alguien es capaz de comprender eso? Sé que ustedes lo pueden comprender y poseen una explicación digna: yo no. He aquí mi optimismo desplegado sin ningún velo. No seré un minúsculo Nietzsche latinoamericano que escucha música y se entrega al arte para olvidarse de la miseria que lo rodea. Yo no voy a olvidar. Ni tampoco dejaré de escribir. Los libros que tienen que escribirse son inevitables. Si llueve todos los días uno se ve obligado a construir un techo. Es todo. Prefiero comprender la lluvia como un suceso natural que imaginarla como el resfriado de un demonio o el milagro de alguna divinidad desnuda. Es posible —me dicta un optimismo artificial y por ello mismo genuino— que en alguna de esas casas y departamentos que se levantan a mi alrededor existan todavía dos —o quizás tres— seres humanos que intenten pensar por sí mismos, rechacen la futilidad publicitaria y comunicativa (que no sean rápidos y furiosos), y se construyan como individuos a pesar de tener una educación maltrecha y haber sido diseñados para morder el anzuelo. Es posible que no necesitemos la música ni el arte o las novelas para trascender la tragedia. Quizás sólo se requiera, como lo hizo Tolstoi al final de su vida, un poco de optimismo y trabajo social. Y a esperar a que suceda un siglo para darse cuenta que el mundo continúa igual, o acaso un poco peor.