
LAGUNA DE VOCES
Ahora que miraba la noche, descubría que su rostro cada vez estaba más afilado, igual que la luna de uña con sus puntas en cada extremo. No achacó a nadie, ni a nada esa condición enfermiza. Era él, que caminaba por las calles de alumbrado raquítico, exiguo, incapaz de iluminar sus pasos la noche que dejó su casa para buscar, en un lugar que solo conocía en sueños, la añorada felicidad, inalcanzable en una realidad que lo detestó desde su nacimiento, por su incapacidad para soportar cualquier dolor del cuerpo, del alma o del corazón.
La vida, se dijo, era un viaje esplendoroso por ser uno solo, imposible de repetir si algo salía mal o se complicaba. Uno solo, con el riesgo constante de que cayera en un bache para no volver a salir. El aire soplaba helado de pleno invierno, y se miraba flaco después de los días sin alimento, el enojo de los automovilistas a los que intentaba limpiar el parabrisas. Después de todo tenían razón, porque la ciudad se había llenado de gente como él, solitarios, sin un rumbo claro y simplemente a la buena de dios. Parecían producto de una ola invisible, que cada determinado tiempo los levantaba, corría con ellos para arrojarlos en una playa que no era playa, sino calles de cemento y más cemento.
Nadie protestaba porque resultaba absurdo hacerlo, ya no tenía caso. Solo se miraban, a la espera de reconocerse, de tener un nombre en la memoria, pero no, nunca algún recuerdo; parecía que todos volvían a nacer cuando se asomaban a nuevas avenidas, nuevas ciudades hartas de ellos, que no paraban de caminar.
No, los que iban en sus autos no tenían culpa alguna de su condición, pero no recordaba con claridad por qué un día salió de su casa para nunca volver; por qué eligió este camino y no el otro; por qué despertaba siempre en lugares diferentes con el sabor de esa ola invisible que lo levantaba por los cielos y luego lo depositaba en horizontes nunca vistos, nunca en la memoria.
Era su vida y estaba bien, nada qué protestar, nada por qué enojarse, porque así era el destino, igual para todos al final de cuentas, por diferentes caminos. Pero era igual, igualita en el principio y en el final, donde tarde o temprano se encontraría con los mismos rostros, pero tal vez con algún nombre, una historia que le contaran.
Alguien contará que, en los bulevares, avenidas, carreteras, siempre aparece un hombre que camina y camina, aprisa, salido quién sabe de dónde. Hoy lo saben, es la ola que levanta gente en todas las calles, porque han sido olvidados, y los lleva lejos, muy lejos, para luego depositarlos en cualquier lugar, de donde no tienen otra que seguir, seguir y seguir, hasta encontrar un destino, o una nueva ola que los transporte hasta muy cerca de la meta, es decir del final.
Mil gracias, hasta mañana.
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