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¡Oh, soledad!

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Letras y Memorias

    •    “El hombre solitario es una bestia o un Dios”. 
Aristóteles


Hay ocasiones en que la mejor compañía son apenas unos cuantos pensamientos y el humo nocivo del cigarro entrando al cuerpo. Hay ocasiones donde los largos pasillos del amarillo castillo, resultan la prisión perfecta para no pensar en la mortífera compañía de seres que un día aparecen y al siguiente se han esfumado ya.

Con el periódico en mano, uno avanza con lentos pasos hacia los mutilados rosales y contempla la fuente viva, activa. La cabeza se sacude cuando unas cuantas aves se bañan libres; y uno que se aferra a la soledad de las murallas, se asquea ante los cantos dulces de tan peculiares criaturas.

Es el cielo azul y profundo, testigo de un hombre sentado que, leyendo en las páginas del diario, cree reconocer a los personajes explicados, y piensa que esa compañía efímera podrá llenar huecos como si de un rompecabezas semiarmado se tratase esa lectura.

La soledad bien puede ser dos cosas: una pálida invitación para tumbarse de cara al sol y esperar a que el tiempo pase y haga efecto en uno; o bien, un sueño positivo en donde el espíritu vuelve al cuerpo después de un viaje que le liberó de penas y tragedias.

En soledad, uno piensa con mayor claridad, o quizás uno se nubla conforme las horas sin compañía avanzan. Es la soledad una moneda al aire, un juego de azar.

¿Qué habrá de mostrarnos la ausencia de compañía? Ni más ni menos que la lealtad de nuestros amados seres, ni más ni menos que el valor que ocupamos en las vidas de otras personas. Porque una cosa es extrañar en la lejanía pasiva, y otra muy distinta es ni siquiera llenar la mente de recuerdos antes vividos.

En soledad se aprende que el corazón puede equivocarse y aún así seguir latiendo, mantener la existencia nuestra. Se aprende que hasta el más dulce vicio habrá de cambiarse por un amargo veneno en otra vida.

Con el cigarrillo consumiéndose lentamente, y el batir de las alas de un colibrí, uno entiende que los pasos a veces se alejan del epicentro pacífico que tanto nos gustaba, y da por hecho que así debe ser la vida misma: un camino que sólo vale cuando los pasos lo recorren y cuando conquistamos nuevas cimas.

Llegando ya al final de las páginas del periódico, una lágrima se atreve a recorrer el pómulo y la mejilla después, y en ese emotivo momento la última bocanada dada al tabaco, también culmina; la soledad ha terminado porque llegaron espectros a este palacio mío.

El bochornoso clima capitalino cierra las vías respiratorias y la desesperación por un nuevo cigarro se dispersa entre el mismo humo de la bocanada final. La cristalina agua en la fuente seduce para meterse ahí hasta que la piel se arrugue y vuelen alto los sueños, los anhelos de compañía, las ganas de esas risas de quien escribe los mensajes que hacen sonar y sonar el teléfono celular.

Y así, cuando más solo se siente el cuerpo, la mente da golpes de autoridad para recordarme que esa soledad experimentada es tan subjetiva como la belleza en el arte o lo cómico en las tragedias; así, con la irónica compañía de la soledad, uno retoma la monotonía y vuelve a su hogar sólo para saberse útil, pero sobre todo, amado de verdad.

¡Hasta el próximo martes!

Postdata: Hay veces donde estar solo no es sinónimo de abandono; hay veces donde la soledad significa estar mal acompañado.