“Cuando se encuentre ante un espadachín,
saque la espada: no recite poesías
frente a alguien que no es poeta”.
Clásico budista.
Esopo, célebre fabulista griego escribió El Cuervo y la Oveja, composición literaria que dice, más o menos, lo siguiente: Un cuervo se posó sobre el lomo de una oveja; ésta, contra su voluntad, cargó de un lado a otro a su molesto huésped durante largo tiempo; un día, cansada, le dijo: “Si le hubieras hecho esto a un perro, te habría dado una lección, triturándote entre sus afilados dientes”. El ave de negro plumaje replicó: “Desprecio a los débiles y me inclino ante los fuertes. Sé bien a quién puedo dominar y a quién tengo que elogiar”.
En relación con lo anterior, además de la consabida moraleja, alguien aconseja: “Nunca suponga que la gente con la que trata es más débil o menos importante que Usted. Hay quien tarda en ofenderse, por lo que puede mal interpretarse su actitud y hasta generarse un insulto. Pero, si llega a ofender el honor y el orgullo de estas personas, lo harán blanco de una violencia que parecerá repentina, exagerada, en relación con la lentitud de sus reacciones anteriores. Si Usted quiere rechazar a estos seres, le conviene hacerlo con cortesía y respeto aún cuando considere impertinentes sus palabras o ridículos sus consejos. Nunca desdeñe ni ofenda a alguien si no lo conoce a fondo. Siempre será posible que se trate de un rencoroso y vengativo triunfador en potencia”.
Tengo autoridad moral para tratar el presente tema, ya que durante mi actividad partidista demostré falta de visión y escasa sensibilidad al confrontarme con personajes a quienes no imaginaba en los sitiales de poder que invariablemente conquistaron. Varias veces erré el camino: por acción, omisión o deber profesional ofendí a más de uno. Luis Spota recomendaba: “Trata a tus amigos, como si algún día fueran a ser tus enemigos y a tus enemigos, como si algún día fueran a ser tus amigos”; no siempre cumplí con ese consejo, lo hecho, hecho está. A pesar de todo, conservo buenos camaradas, aunque también, severos detractores.
Fuera del escenario, como actor en el teatro de la política, recuerdo la máxima campirana que dice: “Nos dedicamos a dar buenos consejos cuando ya no podemos dar malos ejemplos”.
De acuerdo con lo anterior, prosigo: en el despiadado (y desprestigiado) juego de la política, aparentemente no hay reglas; la ética no se advierte por lado alguno. Sin embargo, me atrevo a decir que las reglas están, aunque no las conozca cualquiera y que la axiología, que más se aproxima a normarla con sentido práctico, es la llamada Ética de la Responsabilidad que propusiera Max Weber. En conclusión no se puede jugar a la política con las normas del futbol: aquí, el que se lleva se aguanta.
Aún así Greene enumera una tipología de personalidades susceptibles a las ofensas y por lo tanto, peligrosas. En primer lugar, coloca a los seres arrogantes y orgullosos, capaces de realizar actos de venganza exagerada, ante cualquier agravio, real o imaginario. A éstos, suele dolerles más una burla que una ofensa.
En segundo lugar coloca a los desesperadamente inseguros, quienes hierven sus rencores a fuego lento y atacan a pequeños mordiscos para matar lentamente.
El tercer sitio corresponde a los paranoicos y desconfiados, tan violentos como fáciles de engañar o manipular mediante el arte sutil de la intriga.
Muchos más pasarán por la mente del lector pero, antes de concluir, deseo hacer la siguiente transcripción de un consejo profesional: “La más elevada forma del arte del poder es la habilidad para distinguir entre lobos y corderos, zorros y liebres, águilas y buitres. Si Usted sabe diferenciarlos bien, tendrá éxito sin necesidad de ejercer demasiada coerción; si Usted actúa ciegamente, con quien quiera que se cruce en su camino, llevará una vida de constantes preocupaciones y problemas, si es que llega a vivir lo suficiente”. Cuando se hiere a alguien equivocadamente, las consecuencias pueden ser terribles.
La sabia virtud de conocer el tiempo es vital. Se puede ofender a alguien, en contra del poder, desde el poder o después del poder. En cualquier caso, el agraviado puede reservarse el sereno placer de saborear la venganza; ésta es, por definición, un platillo que se come frío.
Permítaseme concluir con catorce versos endecasílabos, que forman el siguiente Soneto:
Nadie olvida una ofensa. Nada, nada
cura la herida que su filo deja.
Se puede perdonar, pero se aleja
todo brillo sincero en la mirada.
Si por honor o por valentonada,
un insulto en tus labios se refleja,
procura respetar la regla vieja:
“No herir a la persona equivocada”.
Toda humana reacción es diferente:
en el violento, la agresión asoma,
pero el prudente, precauciones toma.
No te dejes llevar por lo aparente:
puede envolverse en alas de paloma
un corazón con sangre de serpiente.
Marzo, 2017.