- Consiguió demostrar que ya no es la niña tonta que se dejó enamorar por su jefe cuando contaba con 22 años de edad
Opinión de Jorge Hernández En junio de 2014 Ms. Monica Lewinsky publicó un buen artículo, bien pensado y bien escrito, en la revista Vanity Fair donde rompía poco más de una década de silencio con el inevitable título Vergüenza y Sobrevivencia, y pocos meses después aceptó hablar delante de un auditorio para la grabación de una TEDtalk, con sus inamovibles quince minutos máximos de tiempo para intentar expresar una tesis que tuviera luz y sentido en torno a ambas palabras. En ambos casos, Ms. Lewinsky consiguió si no convencer a todos los lectores y espectadores sobre el nuevo rumbo que ha cobrado su serenidad ejemplar, por lo menos sí conseguir la noción unánime de que ya no es la niña tonta que se dejó enamorar por su jefe cuando contaba con 22 años de edad y cultivó la loca ilusión de que ese amor era tan palpable como un vestido azul.
Ya era hora de que Ms. Lewinsky encarara a una inmensa mayoría mediática que convirtió a su apellido en sinónimo de meretriz y que alertara a todos sobre la lenta fermentación de eso que ella misma llama “cultura de la vergüenza” en un mundo que —tan sólo durante la pasada década— ha amplificado sus ponderaciones a partir de la ignorancia, basando juicios unánimes en memes y en el contagio instantáneo de corazonadas (que no razones o ideas ponderadas) para evaluar, condenar o celebrar biografías desconocidas, vidas íntimas que dejan de ser privadas en cuanto alguien sube la selfie del instante o bien libros o bibliografías enteras que no necesariamente son leídas.
En el siglo XVIII asignarle Ms. a una mujer equivalía a considerarla “Mistress”, cuando la palabra aún no adquiría la connotación de “Amante” (Agencias)