- Habitantes de la ciudad relatan el régimen del terror que impera en ella
Dohuk, Irak.- Antes de convertirse en la plaza de las ejecuciones, Bab el Tub solía ser un lugar donde pasear o compartir conversaciones. Un jardín plantado en el corazón de Mosul, la segunda ciudad de Irak a la que sus vecinos llaman “la perla del norte” con evidente orgullo. Ayer, justo hace un año, su caída en manos del Estado Islámico imprimió una huella atroz en este rincón de Mosul, transfigurado en el epicentro de un régimen que -bajo un intenso y eficaz uso de la propaganda- ha consolidado su poder a golpe de brutales castigos, limpieza étnica, estricto control de la moral pública y una lista de prohibiciones que nunca deja de crecer. “En Bab el Tub he visto con mis propios ojos cómo cortaban las manos de unos ladrones y arrojaban a unos homosexuales desde la azotea de los edificios más altos”, cuenta vía telefónica Farras al Hamadani, un periodista que resiste en Mosul.
El 10 de junio de 2014 unos cientos de yihadistas asaltaron la urbe a bordo de varias decenas de pick-ups. Los 30.000 policías y soldados iraquíes encargados de custodiarla, entrenados por estadounidenses, huyeron sin librar batalla regalando a los barbudos un cotizado arsenal de Humvees (todoterrenos) y tanques ‘Abrams’.
“Mosul no es lo que era. Hace unas semanas el Daesh (acrónimo en árabe del Estado Islámico) ejecutó a un amigo. Había trabajado para la Inteligencia iraquí. Allí todo el mundo se conoce. Alguien del barrio tuvo que delatarle”, murmura el comerciante, apesadumbrado por el futuro de una urbe que los adláteres de Abu Bakr al Bagdadi administran sin piedad. Doce meses después de que irrumpieran en sus calles, nada escapa a su yugo. “Toda la ciudad está bajo su control. Toda, sin excepción. Si fueran capaces de controlar el aire que respiramos encontrarían la manera de medirlo y cobrárselo”, narra un activista que vive en Mosul y que por razones de seguridad rehúsa desvelar su identidad. “Crearon -agrega- una oficina para cada aspecto de la vida. Estamos bajo una autoridad sangrienta”.
“De las ruinas del Estado iraquí -que desde la invasión estadounidense marginó a la población suní empujándola hacia el extremismo- han edificado un monstruo burocrático con innumerables tentáculos organizados a partir de su respectivo ‘diwan’ (consejo). Todo está sujeto a regulación: desde los servicios públicos o la educación, hasta los asuntos judiciales; o la policía dedicada a supervisar la moralidad pública islámica.
La ultraconservadora interpretación de las enseñanzas de Mahoma ha erradicado hasta el más leve pasatiempo: los cigarros y el narguile (pipa de agua) fueron prohibidos en junio; la lectura está restringida a las obras religiosas que gozan del plácet de los ulemas designados por los yihadistas; se han clausurado bibliotecas y vetado el comercio de los “libros de la apostasía y la felonía”, como el IS ha bautizado a novelas y tratados de filosofía o historia; y seguir por televisión los partidos de la liga de fútbol española se castiga con 80 latigazos. “Al principio la condena para vendedores de tabaco era 70 azotes y una cuantiosa multa. Ahora es la decapitación. El IS impone a diario a los ciudadanos nuevas y severas sanciones”, reseña el activista, que administra la página de Facebook Mosul Eye (el ojo de Mosul). (Agencias)