LAS FRESAS DEL OLMO
¿Que la DEA sospecha que “Amigos de Messi” ha lavado dinero? Millones y millones de euros. Durante meses, la DEA ha seguido los manejos de Messi & Friends, reporta la prensa internacional, por sus ligas con un cartel de narcotráfico, los Valencia.
¿Y qué tiene que ver Leo Messi con los yihadistas que han destruido monumentos, ciudades y museos al norte de Nigeria y en Irak? ¿Qué puede tener que ver Messi con la violencia que se pone el velo de Guerra Santa en nombre de Alá? En la película Timbuktu (o Tombuctú) del genial director Sissako, basada en la ocupación de esa ciudad en 2011 por un grupo yihadista que al invadirla impuso la sharia y con ésta la prohibición de la música y del futbol, Messi está presente, como una figura liberadora. Lo nombran en las calles de la ciudad y, en una de las escenas más electrizantes de Timbuktu, un muchacho viste la camiseta del Barça con MESSI escrito en grandes letras, cuando dos equipos y su árbitro juegan en el desierto un partido de fut sin pelota. Entonces aparecen los guardias yihadistas, a bordo de su motocicleta con armas y celulares en mano, en sus ropas inscrito “Guardias islámicos”, ondeando su bandera negra, y los jugadores interrumpen el juego y pretenden hacer gimnasia.
¡Ah, Tombuctú!: en 1375, ya aparece Tombuctú en un mapa europeo, por su importancia comercial. Poco después, la ciudad aceptaba e invitaba a las mujeres a estudiar a la universidad. Un día, con la vecina Gao, fue la capital cultural del mundo. El viajero León el Africano, al visitarla en el XVI, alaba sus bibliotecas; en el XX, el estudioso John Hunwik vio los libros firmados por sus copistas en el siglo XV, las anotaciones a los márgenes, los miles de manuscritos antiguos, en una sola de las bibliotecas hubo 20 mil volúmenes. Uso el verbo en pasado porque la ocupación yihadista, así como aterrorizó a los habitantes y quemó las imágenes de sus “falsos dioses”, quemó manuscritos. En la película Timbuctú se ve cómo a balazos las hermosas imágenes talladas en madera son “eliminadas”. Imposible no asociar la escena con los gigantes Budas destruidos por Al Qaeda en Afganistán, y la ciudad de Nimrud, la de Hatra, sus enormes leones alados, y el Museo de la Civilización de Mosul, destruidos por otros yihadistas. Al tiempo que en la película los invasores vándalos (en su mayor parte blancos africanos) imponen a los habitantes de Timbuctú (negros africanos) un código de vida y de vestido —usar guantes entre otras, incluso para vender pescado—, sus fuerzas aún no vencidas aparecen en las noticias destruyendo bienes de la humanidad con maquinaria pesada.
Otros académicos escribieron que por los estudios del siglo XX, “Timbuctú dejará de ser vista como una leyenda fantasiosa, y se le reconocerá por lo que realmente fue: una joya intelectual y espiritual para la fe islámica”. De esto precisamente va la película de Sissako. Bailar, cantar, dejarse el cabello suelto al viento, correr con los pies desnudos, perseguir la pelota, amar a la familia, incluso la fe en Alá intentan ser reprimidos por los fundamentalistas.
Ahí Leo Messi es lo dicho, una figura liberadora. Pero empezamos con los lazos de su organización con otra criminal, y de ahí la pregunta: ¿En qué se parecen los fundamentalistas islámicos a las bandas criminales que se enriquecen con el tráfico de sustancias ilegales? Yihadistas y narcos son terroríficos destructores de los bienes colectivos. Buscan su propio provecho mientras devastan —el comercio de antigüedades, como ha reportado Simon Cox, periodista de la BBC, es una fuente de financiamiento para el Estado Islámico—, y en la película se reporta el saqueo a los individuos, cuando el pastor —o nómada y músico— que será condenado a la muerte, debe entregarles todo su rebaño, “en castigo” de su pecado.
Algunos cárteles también se han vestido con máscaras religiosas —y los Valencia con una noble fruta: son los “Reyes del Aguacate”—. A todos los cubre en realidad el velo de la violencia. Es el código con el que se visten. El odio.