
Familia Política
Mentira: según la Real Academia Española, es una expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente, una afirmación que no es verdad; errata o equivocación material en un texto manuscrito o impreso; interjección para negar con vehemencia lo dicho por otro. Hay mentiras oficiosas que se dicen para obtener provecho o ventaja, sin producir daño a otro; mentiras piadosas, para evitar a otro un disgusto o una pena; exageración difícil de creer.
Falacia: razón o argumento falso, con apariencia de verdad.
Calumnia: acusación hecha maliciosamente para causar daño a un tercero; imputación de un hecho a sabiendas de que es falso.
Como puede advertirse, entre el significado de las palabras que enmarcan el título de este escrito, hay un notable parentesco semántico, esto es, un significado muy parecido, casi igual en el fondo, pero con diferente forma. Las mentiras se presentan con múltiples disfraces; máscaras que cuando caen, mueren. Del teatro griego trasciende hasta nuestros días, el símbolo de dos caretas unidas; una con eterna risa y otra con perpetuo llanto: la comedia y la tragedia, principales expresiones de las pasiones humanas.
Las grandes obras literarias en el teatro de todos los tiempos, se inmortalizaron en torno a estos dos arquetipos: así, Eurípides escribió la tragedia de Medea quien, dentro de su angustia, se vio obligada a matar a sus propios hijos; Edipo asesinó a su padre y se casó con su madre; Ifigenia, a punto de ser sacrificada en Tauride, se salvó gracias a la intervención de la diosa Artemisa. En esa misma época, Aristófanes se burlaba de los grandes filósofos de su tiempo por medio de la comedia “Las Nubes, Las Abejas”, cuyos principales elementos fueron, desde siempre: la sátira, la burla, el escarnio… Siglos después, durante el Neoclasicismo, Shakespeare agregó nuevos arquetipos universales al teatro de su tiempo; así nacieron “Hamlet”, “Romeo y Julieta”, “Julio César”… En Francia, con Moliere, la comedia alcanzó su clímax con una tremenda caricatura social en: “El Médico a Palos”, y sobre todo, en “Tartufo”.
Arturo Pérez Reverte, en algunos pasajes de su célebre personaje “El Capitán Alatriste”, narra el ambiente social en el Madrid de su tiempo, donde se representaban obras de dos monstruos sagrados del teatro: Lope de Vega y Francisco de Quevedo; ambos intérpretes de los humores del pueblo, críticos implacables de la sociedad y de sus autoridades. Las masas llegaban a los “corrales” para mostrar sus simpatías, antipatías o, incluso, dirimir sus antagonismos con el filo de la espada. Ésa era la trascendencia de la mentira bien contada, en las máximas obras de expresión literaria.
A propósito, y toda proporción guardada, durante el sexenio del Presidente Fox surgió un personaje femenino que utilizó los rasgos caricaturizables de la primera dama, que ella (la actriz) reunía en su propia personalidad. Así nació, “Martha Asegún” quien recorrió el país haciendo críticas teatrales humorísticas de Doña Martita, con el aparente beneplácito y manifiesta tolerancia de ésta. Hace unos días murió. Descanse en paz Doña Raquel Pankowsky.
Parece “mentira” que los actuales panfletos, volantes, videos, audios, chats y otros instrumentos de comunicación en nuestro tiempo, tengan por origen común aquella grandeza literaria. Hoy se recurre a la falacia; esto es, a la serie de argumentos falsos con apariencia de verdades que, entre políticos, se manejan para dañar al adversario con absoluta carencia de ética; sin respeto a la verdad. Las ventajas del anonimato se aprovechan al máximo dentro de nuestra realidad cibernética; las mentiras se disfrazan de verdades; las máscaras de la risa y el llanto se unifican en grotescas expresiones híbridas, patéticas, despreciables…
Lo peor en este contexto es que buena parte de la opinión pública, cuando recibe un mensaje calumnioso que denigra a cualquiera de los protagonistas en el teatro político, lo da por cierto; sus líderes lo difunden y entre la masa consumidora de mentiras surge impetuoso el “Síndrome de Gabino Barrera”; quien lo adquiere, no entiende razones ¿Cómo es posible, por ejemplo, que alguien crea que un candidato (a) se atreva a denostar a las mujeres, a los niños, o a las personas de la tercera edad, mediante el uso de sus redes sociales? Quienes hacen circular estas versiones infames y absurdas, ofenden la inteligencia de sus propios seguidores pero, finalmente, algo queda.
Los hidalguenses, de una u otra manera, formamos parte de determinados estratos y gremios (profesionistas, obreros, campesinos, sindicatos, jubilados…) en cuya dinámica interna, la información (¿o desinformación?) tiene público cautivo. Todo un conglomerado puede ir en contra de un adversario político imaginario sin más argumento que un panfleto, una carta apócrifa, un fotomontaje, una declaración que nunca se dio o cualquier máscara de las que la calumnia y la falacia utilizan para ocultar su verdadero rostro.
Quienes estamos en la vida pública desde hace muchos años entendemos, lo repito, que son gajes del oficio; sin embargo, es importante, por lo menos para mí, enviar a quienes por alguna razón me lean, un mensaje racional desprovisto de filias y de fobias: nuestras decisiones deben fundamentarse en argumentos serios, no en la torva perversidad; en las malévolas maquinaciones de los aldeanos maquiavelos de petate.
En política: mentir, calumniar, demostrar… ¿Se vale o no se vale?