LOS RAROS II

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“Las multitudes actuales

son grandes aglomeraciones de solitarios”

Octavio Paz

 

Ante una serie de interrogantes, cuestionamientos, acuerdos y desacuerdos de mis amigos y de mis detractores (casi siempre son los mismos), en relación con mi artículo anterior, en el cual hablé de Los Raros, en un sentido casi metafísico, hoy repito el tema, ubicándolo en el nivel de la vida cotidiana.

 

La Real Academia de la Lengua Española define la palabra, como proveniente del latín rarus. Es un adjetivo que se aplica a lo extraordinario, poco común o frecuente; escaso en su clase o especie. En otra acepción, así se califica a lo insigne, sobresaliente o excelente en su línea, también a lo extravagante, de genio o de comportamiento propensos a singularizarse. Sin pretender corregir al Diccionario, sí me permito complementar la definición con su versión negativa. A mi modesto juicio, la calificación de raro no se otorga necesariamente a un valor, sino también a la negación que lo sustenta. Lo bueno no existe sin lo malo.

 

Dicho lo anterior: “a lo que te truje, Chencha”.

 

Aunque sea una aberración lógica, pregunto: ¿Todos somos raros? Y fundamento: ¿Quién no ha vivido la molesta sensación de sentir que “no encaja” en determinado grupo, grande o pequeño? ¿La angustiosa percepción de ser, “el prietito en el arroz”, la mosca en la leche, el moro en tierra de cristianos, la chamarra entre la ropa de etiqueta…? ¿Los convencionalismos sociales, religiosos, costumbristas o de moda determinan quien es normal y quien es raro? ¿La conciencia del ridículo, por ejemplo, es puramente subjetiva?

 

Ejemplifico: hubo alguna vez, una especie de individuos (no así de individuas), a quienes se les identificaba con el sarcástico diminutivo “raritos”. Hoy se encuentra en extinción por dos motivos, a saber: el primero por cuestiones de Derechos Humanos en cuyo ámbito se considera discriminatorio dicho adjetivo. El segundo, porque la excepción se está convirtiendo en regla; cada vez más, lo raro es no ser “rarito”.   En el futbol, la turba vociferante ignora la connotación ofensiva de una palabra equivalente y la grita de manera colectiva después de un estentóreo y prolongado grito que se acompaña con significativos ademanes y culmina con una interjección y la sonora palabreja: “E, e, e, e, e, e, e, e, e, e, e, e… ¡Puto!” (Quede claro: no celebro, sólo comento).

 

A propósito de futbol, cuando mis amigos (algunos de ellos hasta parecen inteligentes) con erudición digna de mejor causa, comentan, analizan, discuten, pronostican, se indignan, apuestan, se emborrachan… Por el espectáculo (a veces deprimente) que proporcionan dos oncenas de musculosos atletas que patean una pelotita con el objetivo populista de anotar un gol. ¡Juro! Que muy seguido me enfrento a la disyuntiva de pedirles que cambien el tema o tomar de manera personalísima la decisión de cambiar de amigos. Lo confieso: en materia futbolística soy raro ¿Y qué?

 

Otros ejemplos de rareza ocurren cuando todos se persignan y realizan en público una serie de señales, invocaciones y otras manifestaciones de católica convicción; bendicen los alimentos; narran sus experiencias místicas en presencia del Papa u otros altos dignatarios de la iglesia (algunos merecedores de todas mis consideraciones por su alta formación académica y sincera convicción) que a mí no me causan emoción alguna, más allá de lo humano. Los críticos de la iglesia contemporánea, ubican a los curas más cerca de la pederastia que de la representación personal de un Dios todopoderoso. Repito: reconozco el talento de algunos (principalmente Jesuitas y Dominicos) y sus aportaciones a la historia de la humanidad. Pero estoy convencido (o prejuiciado) de que inteligencia y fe, son incompatibles. Por eso pregunto: ¿Existirán sacerdotes raros, que después de analizar la Teología y la Metafísica a la luz crítica de la Filosofía laica, se conviertan en ateos vergonzantes? Supongo que sí.

 

Dicho lo anterior, confieso que cuando, por exigencias sociales debo asistir a misa, me siento raro, farsante, blasfemo… Por convencionalista domesticación, procuro comportarme con respeto ante un ritualismo que no comparto, a pesar de que mis padres me formaron en su seno.

 

Dicen que en materias como religión y política es imposible ponerse de acuerdo. Lo niego: siempre se podrá llegar al acuerdo de que no hay acuerdo posible. En dos posturas que se confrontan, los compañeros normales para un grupo, son los raros para el otro. Ocurre, por ejemplo, entre bebedores y abstemios (Bajo protesta de decir verdad afirmo, que yo tomo porque no soporto a los borrachos). Ya he dicho que, según la formidable filósofa Ikram Antaki, lo que un conjunto humano no soporta es la “otredad”; esto es, la calidad de “diferente”. Nada hay más difícil de cumplir que la “sagrada” consigna: “Amaos los unos a los otros”. En un nacionalismo exacerbado “el otro”, siempre será un extraño enemigo “Masiosare”.

 

La conocida fábula “El Patito Feo”, es toda una lección en materia de rareza. El protagonista sufre constante bulling y discriminación por vulgares patos: lo raro se identifica con lo feo. Esto termina cuando un grupo de cisnes, hace que el patito (que sin saberlo era uno de ellos) se vuelva consciente de la belleza de su especie y adquiera sentido de pertenencia.

 

En relación con esto, el conocido y culto médico, Don Alberto Jonguitud Falcón dice: “Ortega y Gasset tenía razón: el hombres es él y su circunstancia”. También aplica para cisnes y patos, concluyo.

 

Agosto 2015.