Temperatura
Ya son varias las entrevistas en que me preguntan si he llegado a escribir estando ebrio. Y cuando me hacen esta pregunta se concentran en mi respuesta más que en ninguna otra. Me causa gracia tal curiosidad, desde mi punto de vista bastante infundada. El vino tiene su momento. La muerte tiene su momento. En cambio, la escritura es un ejercicio continuo que carece de final. Todavía no hay una lápida que diga: “Aquí yace el lenguaje, injustamente practicado por fulanito”.
Lo que sí he hecho, como ahora, es escribir enfermo y rayando en los cuarenta grados de temperatura. El cuerpo tiembla y la respiración se convierte en resuello, la cabeza se torna en una esponja de piedra y un sudor empalagoso recorre mis manos. Permanecer en un estado semejante no me impide escribir ni me lleva a tener alucinaciones. Tal como están las cosas en la sociedad del presente tener alucinaciones tendría que ser restaurador. Cualquier delirio o visión causados por la temperatura son minucias si se les compara con el comportamiento del cuerpo social. ¡Mi reino por una alucinación! La temperatura o la enfermedad, en mi caso, no me transportan a un estado de ánimo diferente ni desarrollan en mí ninguna nueva o rara e instantánea concepción del mundo. En unos días estaré recuperado y aún así continuaré sufriendo la ausencia de un lugar habitable y cómodo para vivir. He llegado a pensar que en realidad nadie quiere tener un país. No sabrían qué hacer con él, ni cómo conducirse bajo sus normas. Los fanáticos del futbol gritan y se abren las venas por la selección de su país, pero ellos son en gran medida causantes de que tal país no exista. Saben gritar en el estadio o ante la televisión pero no tienen madera para conocer y hacer valer sus derechos. Y la misma cosa sucede con muchas empresas de todo tipo: quieren un país para lucrar en su nombre, pero todas sus políticas depredadoras van encaminadas a hacerlo desaparecer. Las recientes muertes a causa de conflictos en los comicios se orientan en la misma dirección: los políticos (o más bien aquellos que desean adjudicarse un puesto de elección popular) no quieren un país, sino un poder que detentar y si para ello es necesario corromper, difamar, mentir e incluso matar lo pondrán en la balanza de sus propios intereses. ¿O será acaso, esta perspectiva, consecuencia de mi temperatura? ¿Estaré delirando? Alguna vez me propuse no volver a insistir públicamente en la necesidad de un lugar mejor para vivir, y dar por supuesto que nada a mi alrededor puede ser alterado. Si uno piensa que el mundo nos ha sido dado como inmóvil escenografía, incluyendo todas sus muertes e injusticias, sus ideales y sus guerras, entonces no tenemos más opción que sobrevivir sin deseos extravagantes de cambiar las condiciones iniciales de vida o la escenografía. Lo he intentado y hasta hoy tal tentativa ha resultado infructuosa. ¿A quién maldecir entonces? ¿A un dios que no existe? ¿A la fortuna? Yo vivo en un país donde nadie quiere un país, y aquellos que lo desean se ven rebasados por la terrible escenografía de los hechos trágicos.
Voy a imaginarme, sólo por esta ocasión, que tantas muertes ocurridas sin explicación oficial ni justicia impartida son consecuencia de mi alta temperatura: el delirio de un enfermo. Ello me hará sentirme tranquilo algunas horas o días antes de mi recuperación. Y cuando ésta llegue entonces sí que me encontraré viviendo en un país de verdad deseado y no sólo utilizado como emblema. No estoy siendo irónico, de ningún modo, pero tengo derecho a soñar (como dicen los futbolistas). Se me objetará que en este momento no son necesarios lamentos o ironías, sino propuestas. ¿Más propuestas? ¿Todavía más propuestas? No puedo y no existen oídos sensibles a ellas. Ya he dicho al respecto lo que tenía qué decir. Por otra parte, toda queja es una propuesta y cada vez que una persona da su opinión acerca de las cosas que le incumben está ofreciéndonos la mitad de la respuesta. Es tal la raíz de la democracia: las palabras de cada uno de nosotros tienen valor y es virtud de cada gobierno recuperarlas para convertirlas en experiencia común. Tomo el periódico luego de unos días de ausencia y me entero de más asesinatos en los comicios, los opositores matándose como animales. ¿Es sólo una escenografía a la que hay que acostumbrarse? Vuelvo a la cama a seguir delirando.