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Los pesos, la renta y la comida

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Terlenka    

Veamos si me puedo explicar. Nada que ver: definitivamente no puedo. ¿Quién puede explicarse ante tantos oídos sucios y sordos? Y cuando oso referirme a los “oídos sucios y sordos”, quiero decir “oídos normales”.
Mis oídos también se ensucian a menudo. Lo que me habría pescado en estos tiempos de explicaciones deplorables es escuchar algunas ideas verdaderamente anormales e incoherentes, no “chapuzas baratas”, como le gustaba decir a mi abuela. Y para que tal cosa pueda suceder se requiere buscar las expresiones atinadas y no canjeables en el mercado de las referencias asimiladas. Tal vez intento decir, una vez más, que, en este momento, me convencen más los actos que las palabras. Los ladrones comunes usan las mismas palabras de siempre a la hora de asaltar a la gente: “Manos arriba.” ¿No podrían decir “Rodillas a los lados?” No, porque son ladrones comunes y corrientes que siempre dirán “Manos arriba.” Algo así como: “Estamos comprometidos con los más pobres.” O “La devaluación del peso es debida a factores externos.” De ese modo se expresan los malhechores. Y así hasta el infierno, la ignominia y el estercolero. ¿O será que habitamos un paraíso en donde asentimos a las explicaciones que se nos ofrecen aunque nuestra experiencia vaya en otro camino y nuestro olfato se retuerza de dolor? En el manifiesto dadaísta, Tristan Tzara—que he citado 436 veces en conversaciones, conferencias, artículos, y 6 veces cuando estaba dormido, según testigos íntimos— escribió:
“Hay gente que explica porque hay gente que aprende. Suprimid a ambos y solo queda Dada.” Nuestra sociedad aprende a obedecer, a conformarse, es adicta a las explicaciones —no a las buenas acciones— aunque los individuos estén de acuerdo o no con ellas, eso no importa, incluso es mejor si están en desacuerdo, requieren un alud de explicaciones que se adapten a la imagen que ella misma, la sociedad, ha hecho de su derrota. Se me dirá: “Al final siempre se aprende algo”; pues no, no se aprende nada porque explicar hoy en día no representa ya casi nada en el mundo de lo real: es decir en el mundo del peso, la renta y la comida.
Antonin Artaud llegó a afirmar que toda escritura es una porquería, y que las gentes que renuncian a la vaguedad con tal de intentar precisar las cosas que pasan en su pensamiento son unos cerdos. Artaud comprendía la libertad como un movimiento no localizable, ni formal o convencional, pero sí vital y genuino. Yo creo que Artaud tenía una idea demasiado convencional de la escritura, aunque sabía que tarde o temprano las palabras terminan organizando ejércitos que destruyen y lo convierten a uno en nadie, en bailarín inmóvil o en actor sin gestos. Yo no desconfío de la escritura que es vaguedad, complejidad y mundo impredecible, no lógica, eficiencia y explicación bruta. Pero ése soy yo: un escritor que habla dormido y que en sus mejores momentos también escribe dormido.
La alusión a Artaud ha sobrevenido aquí luego de la lectura del libro Pequeñas doctrinas de la soledad, de Miguel Morey, un estudioso de filosofía dotado de una temeridad lírica y docta al mismo tiempo cuando se trata de asir y describir a ciertos monstruos de la literatura. La sombra de Nietzsche recorre el libro y sabemos que esa sombra es luz oscura, radiante y fugazmente bella y tenebrosa. W. S. Burroughs, Malcolm Lowry, Samuel Beckett, Georges Bataille, Henri Michaux e incluso Walter Benjamin son tratados, insinuados y sobre todo inventados (en el mejor sentido de la creación) en este libro que me ha recordado a escritores y filósofos como Josep Casals y su libro Afinidades vienesas; o a Rüdiger Safranski y sus ensayos biográficos acerca de filósofos como Nietzsche y Schopenhauer; a José María Pérez Gay y El imperio perdido; e incluso a Stefan Zweig y su obra El legado de Europa en la que sus breves ensayos sobre Joseph Roth y Otto Weininger me sugieren al Lowry o al Artaud de Miguel Morey. Pero basta. No estoy aquí para hablar de otros libros que no sean los míos y de éstos no quiero hablar porque ya los escribí y apenas si recuerdo en qué consistían cuando fueron escritos. Al fin y el cabo algunos escritores actúan y laboran arduamente con el propósito de no estar y desaparecer: eligen la escritura como una hoguera y un medio de mutación y conocimiento extendido más allá de las convenciones de lo que significa el arte o la buena literatura. Hay quien no es así, claro: y han sido muy reconocidos, y están. Mas hoy no quiero explicar ni aprender, sino insinuar que… estamos fritos, pues las pésimas adicciones de nuestra sociedad —que evidentemente es la suya de usted— nos han fundido a casi todos, fritos, como millones de mojarras en el infierno. Adicciones terribles como el consumo de publicidad rufianesca; el deseo de ser reconocidos y a la vez humillados por las peores personas; la necesidad de que la política continúe siendo un sainete; la ansiedad de ser pisoteados sólo para gritar en silencio, y odiar; en fin, adicciones incurables. Como decididamente no estoy explicando nada, sino vagando, sólo diré algo más y espero que parezca contundente: en México las palabras y las “sabias” explicaciones que se sostienen en tales palabras se han esfumado. En el mundo de los pesos, la renta y la comida sólo confío en los actos, en la honestidad y en la renuncia a las riquezas que causan muertes.