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Los misterios de oriente

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HOMO POLITICUS

 

Mi primer abuso, confieso, fue la pregunta; aquella que ensordecía a mi abuelo, que no dejaba nada al azar y se movía en el vaivén de las olas, sin que nada ni nadie detuviera su vértigo.

 

Después, este abuso se invistió de algunos conocimiento y, entonces, mi pregunta se empezó a escuchar y a impugnar, esta vez redireccionada por los ecos de aquellos se autonombraban “interlocutores”.

 

El camino era tortuoso, tanto como un misterio de oriente, pero algo estaba claro, la pregunta investida de palabras con cierto peso, se volvía demoledora, aplastaba los esquemas absurdos y pusilánimes, se convertía en espada y espina, pero por sobre todas las cosas, en duda, en esa recalcitrante duda que vulnera la estructura mental firmemente afianzada por la cronología y la historia personal.

 

Empero, ya no podía de ejercer la palabra, había llegado para hacerme compañía desde mis soliloquios hasta mis más profundas deconstrucciones de la realidad. A veces, estoy seguro de mi demencia, entonces me rescata la palabra, que le da coherencia y sentido a mis actos, no sólo a lo que digo y cómo lo digo; es aquí donde recupero el equilibrio y la cordura, donde me atrevo a decir.

 

Involuntariamente, también navegan mis palabras en mis más profundos y sórdidos arrebatos, para luego recuperarse y decir algo que tenga espíritu, que prosiga con la tarea de advertir, de repensar la realidad, aquella que siempre me parece impensable, porque no se admite desde cualquier ángulo, sólo desde mi torcida realidad.

 

A diferencia de los inteligentes, yo suelo discutir con los tontos. En efecto, el tonto discute, pero sin dirección, aborda en el vaivén de las palabras sus argumentos, es veleta y por ello viento que se diluye entre los pensamientos; empero, impone retos, a veces, sus planteamientos llevan a afianzar o afirmar nuevas estructuras impensadas e impensables hasta ese momento, por ese amo a los tontos.

Amo la palabra y sus misterios de oriente, me deslumbra su fuerza y potencialidad y me desgarra su lacónico alejamiento, en esa levedad del mal esgrimista, aquel que es derrotado por la palabra.