Nos dice el diccionario de la lengua española que “inmunidad” es el privilegio local concedido a los templos e iglesias, en virtud del cual los delincuentes que a ella se acogían no eran castigados con pena corporal en ciertos casos”; de tal suerte que si nos acogemos a esta definición, entonces hoy día podríamos equiparar a manera de símil lo suscitado en la Cámara de Diputados en esta semana que hoy termina.
Hechos en los que por segunda ocasión en la historia reciente, este alto recinto generador de leyes se ha convertido en un recinto de protección de presuntos delincuentes, y le agrego lo de “presuntos” para no contravenir lo estipulado en el nuevos sistema de justicia penal en lo que respecta al principio de presunción de inocencia.
Como quiera que sea, la Cámara se ha convertido en un recinto de impunidad protegida por ese objeto de la inmunidad l que llamamos “fuero constitucional”, que si lo analizamos detenidamente, éste fue instituido con la finalidad de que, entre otros, los diputados y senadores, en el desempeño de sus cargos no puedan ser reconvenidos por la manifestación de sus ideas; no obstante ello, el artículo 111 de la Carta Magna prevé de manera implícita la citada patente de corso por la que todos los políticos suspiran, es decir, el convertirse en intocables como el resto de los mortales
Pero nadie, o casi nadie hace algo para frenar esa ola de impunidad que amenaza con arrastrarnos al precipicio de la anarquía; la ley día con día se viola y en muchas ocasiones, incluso, por aquellos que tienen el deber de cumplirla pues así lo juraron al rendir su protesta; ¿y qué se ha hecho?, pues nada, que en lugar de aplicar el imperio de la ley, se le da cada día más espacio a la impunidad.
Impunidad, esa maldita palabra que solo sirve para ocultar delitos, para esconder la displicencia de quienes deben tomar la mejor decisión para el pueblo pero que en ese proceso se dejaron agarrar la pierna sabiendo que sus acciones serán protegidas por sus compañeros de tribu bajo el refrán de “hoy por ti, mañana por mí”.
Bajo el manto sagrado de la impunidad se blindan comparecencias de gobernantes para que nadie intente interpelarlos en sus impunes informes de labores; y por ello, para estos esbirros de la demagogia la preocupación es poca o nula, saben que sus amigos en las Cámaras o en el Congreso local, pararán cualquier intento de formar comisiones investigadoras de la verdad, que de todas maneras nada investigan; olvidando que solapar también es complicidad.
La inmunidad se convierte en impunidad, la libertad se convierte en libertinaje, la ley se convierte en ilusión óptica; país del no pasa nada, país en donde la inseguridad cada día gana más y más terreno; el lugar perfecto para burlar a la justicia porque las autoridades no pescan ni un catarro, y ni con montajes y retenes pueden detener al largo brazo de la impunidad, brazo que se levanta y protesta para seguir siendo inmune e impune.
Nuestro mundo está al revés, los delincuentes andan libres y la gente honesta está tras las rejas; algo se tiene que hacer, pero lo menos aconsejable sería dejarnos arrastrar por la inercia de los hechos y terminar tan sucios con nuestro silencio.
Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.
Miguel Rosales Pérez