Una melodía bajo la lluvia
Caen unos cuantos diamantes desde el cielo y los pasos lentos irónicamente se apresuran hacia el destino, que no es otro más que ese amplio laberinto que enreda los caminos y confunde un poco los sentidos, sobre todo cuando las noches se vuelven eternas en la espera de una noticia que no llega y que, presumiblemente, no habrá de llegar como para cambiar todo cuanto se anhela.
Las comas y puntos se aglomeran en la primera frase que llega a la mente mientras el cigarrillo se consume al ritmo de esos estallidos donde mueren unas cuantas gotas de lluvia, y con ese colapso natural, uno toma el teléfono y borra el mensaje que ansiaba enviar.
Tiempo atrás escuché en una película que nosotros, los seres humanos que pisamos estos lares, somos sombras y arena, y ante el oscurecido cielo de Pachuca, parece que ese viejo adagio es muy real, muy cercano a esta naturaleza efímera que hoy nos tiene extrañando todo el absurdo caos que meses antes atormentaba nuestras agonías, la de ustedes y las mías.
Sombras y arena somos, y entre gotas de lluvia helada y canales de agua turbia, vamos desapareciendo como si los recuerdos de las personas que amamos y un día nos amaron, de pronto se encogieran ante la inmensidad de esta vida.
Ahí vamos todos y cada uno, sin escapatoria de este cruel danzar del tiempo y la lluvia fundidos en uno mismo; ahí estamos: con la mirada clavada buscando luceros en el cielo nocturno, cuando de antemano ustedes y yo ya sabemos en qué lugar está el único satélite que nos habrá de guiar.
Sabemos hacia dónde ir, pero no caminamos hacia allá. ¿Es temor acaso? ¿Será nostalgia la que mueve los pasos? Me gusta creer que si no seguimos nuestro norte, es porque a veces en el sur vivimos a gusto, pero de vez en vez es necesario levantarse de la banqueta y lanzar la colilla del cigarro que ha apestado nuestros dedos, mandar al diablo todo y dejar ese cómodo sur, para retornar al norte sagrado.
Anhelo ese norte, el pedazo personal de gloria y mi rinconcito de paz. Toco en las puertas del cielo y la respuesta es la voz de un ángel que tras mucho recorrer este planeta, me da ese abrazo reparador que por meses busqué… a los pocos minutos el ángel se va y la tierra me ve errante de nuevo, errante pero renovado, dispuesto a llenar de flores el jardín y cantar de nuevo la canción que me mostró el colibrí.
Uno recupera su norte, cuando más penumbra cubre el sur, porque de la nada llega una mirada y una voz paradisíaca que abre la bóveda celeste, y nos recuerda la gracia de un “siempre, por siempre”.
¡Hasta el próximo miércoles!
Postdata: “Si me he de quedar, quiero que sea aquí…”
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