Nómada
Una bóveda plagada de estrellas se posa sobre la mente y la cabeza como coraza protectora de anhelos se ve sacudida por un terremoto cósmico que evapora algunos recuerdos, pero otros más los fija en el cerebro, y por ende, en las memorias de un hombre que al cerrar los ojos se sabe en casa en esta ciudad, aunque haya también dejado pedazos de su espíritu en otros puntos, en otros hogares y en variados paisajes.
Se describe dicho sujeto como un nómada, de esos que un día son de aquí pero los próximos tres no serán ni siquiera de allá; es pues, un errante marinero al más puro estilo de esas leyendas piratas que tampoco nos consta sean ciertas, no sabemos qué es, y él tampoco sabe qué quiere ser o a dónde quiere llegar.
El nómada se aparta primero de un módulo cargado de girasoles de viento que le han visto aprender a andar y a caer, y llega al refugio de un santo que en octubre 4 festeja sus hazañas y enmudece los cielos entre pirotecnia y rezos; luego de dos plazas avanza hacia otro espacio y sumido por el terror a un río donde se baña un Papagayo, opta por cerrar el telón de la mirada antes de que los jinetes tenebrosos le quiten el sueño y le arrebaten el aliento en las noches.
Los pies se cansan de andar pero el corazón se abraza al sueño de reconocer nuevos espacios que tal vez la mente ya ha visto antes, o ha leído en polvosas páginas gracias a la enseñanza materna y esa desesperación por querer vivir entre las letras de los mayores.
Cuando me detengo a pensar en el nómada, lo recuerdo nítidamente: sus rodillas están raspadas y uno de los codos también; lleva los cabellos desordenados e irremediablemente le acompañan en sus travesías artilugios que son premios a su valor y capacidad de dar amor. El nómada ya no teme a perderse en las latitudes de este mundo porque su cabeza lo ha hecho viajar incluso a otros planetas y épocas; su imaginación ha jugado con él y viceversa, porque pese a esa mirada pícara y de tornado que tiene, hay quietud en sus palabras y serenidad en su alma.
Lo veo, distante pero con atención, y lo único que hago es envidiarlo porque tiene todo lo que yo no tengo hoy. Tiene libertad y alas para llegar a las montañas que desea, tiene los zapatos gastados pero porque la exigencia de sus recorridos así lo han provocado; el nómada tiene la mochilita llena de sueños y en ella carga una nave espacial para jugar al cosmonauta y contar una por una las estrellas.
Ocurre que cuando uno, encerrado en una terrible burbuja de incertidumbre, mira a todos los rincones posibles, se sabe aprisionado y sedentario, esclavo de un asesino sigiloso pero más letal que cualquier ninja. La caja idiota que hoy es un rectanguliode hipnotizante debido a su absurdo mote de “inteligente”, cuenta lo que el mundo vive fuera de nuestras propias paredes, y entonces es cuando se le echa de menos a ese niño nómada que dejó uno, dos, tres lugares, entre la casa de la serpiente y los árboles amurallados, para ser finalmente libre en esta tierra donde los vientos levantan las esperanzas de un mañana diferente, y donde mágicos bocadillos le han mostrado los sitios que se quedarán tatuados como rosas en la memoria de quien ya no es un niño, pero sí un soñador.
El nómada hoy sufre porque odia ser sedentario y estar aprisionado en su propio hogar, sin más que el humo sucio de un cigarro que se pierde en la penumbra y que, al igual que aquél niño, hoy ha dejado atrás la libertad para verse atrapado en las fauces de una bestia que con mirada fiera, lo pone a temblar, al menos hasta que sea seguro volver a las calles a respirar.
¡Hasta el próximo miércoles!
Postdata: Entre ser nómada y sedentario, prefiero mil veces vernos en las calles de todos los lugares que un día me apapacharon.
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