Sum Mortuus
Irremediable resulta que cada que el otoño nos alcanza, veamos en el frío de sus tardes un momento de colapso, un instante en donde la estación preludio a la depresión invernal, abrace con sus hojas caídas y gélidos vientos, nuestros cuerpos casi inertes, más hoy en tiempos de pandemia donde incluso el movimiento del globo terráqueo se ve ralentizado y perdido.
Irremediable resulta mirar al pasado y toparse con fotos y flores, velas y manjares y, todo eso, porque uno ve las ofrendas propias del Día de Muertos, y se cuestiona si no estará muerto también, nomás a la espera de que su foto luzca en el mismo altar que se consagra a quienes ya están siendo devorados por gusanos, o ya fueron consumidos en la esperanza de una resurrección a partir del retorno mágico de un Mesías que ni siquiera sabe cuándo habrá de hacer acto de presencia porque, según él, “sólo el Padre lo sabe”.
He de decir que sí hay lapsos en donde me cuestiono el estar vivo, ¿realmente lo estoy o es que ni siquiera existo aunque mi cuerpo sea evidencia de lo contrario? No sé. Siendo honesto no entiendo muy bien esa dinámica de la vida y la muerte, porque pareciera que mientras uno vive, está más preocupado por no ser alcanzado por el funesto fin que a todos nos aguarda, y entonces cuando llega la muerte, ya hemos perdido toda una vida cuidándonos de ella, y se nos olvidó lo que importa: vivir.
Suerte de ironía es esto, paradoja sembrada en el miedo a dejar de respirar o de ver todo truncado cuando un avión en el que viajemos se estampe contra las aguas o, demás temores de ese tipo que cuando niño me aterraban y hoy me tienen más tranquilo que la hora nocturna en que finalmente cierro los ojos y descanso de tanta carga que el cuello soporta.
A todos nos da miedo morir, o nos ha dado miedo este hecho pero, si tan sólo asumiéramos que en esta pesadez llamada vida, la muerte es lo único certero y seguro que habrá de tocarnos, entonces pensaríamos menos en el terror de morir y ser enterrados o incinerados, y uno se enfocaría más en vivir y en disfrutar los pequeños ratos, esos que cada día se vuelven menos pero más significativos.
Asume uno que por el mero hecho de respirar, ya estamos vivos, cuando la insoportable verdad es que a lo largo de la historia, sólo logran vivir unos cuantos, los menos; los que se preocupan por ser felices, por disfrutar una copa y una buen porción de tamales con mole, quizás una película en familia o el beso dulce de la persona amada.
Respirar no es lo mismo que vivir, y existir es un grado nuevo que podemos darle al hecho de estar en este mundo al mismo tiempo que otros seis mil millones, que igual que nosotros, que uno, pueden estarse planteando seriamente si deben ocuparse menos de la muerte, y más de la vida, porque la certeza de extinguirnos ahí está, pero la dicha de vivir hoy y mañana igual, “sólo el Padre lo sabe”.
Podemos creer o no en el cuento de hadas que nos garantiza renacer junto al Mesías (si es que hemos sido justos en vida), pero lo que sí o sí debemos creer, es que esta naturaleza humana tan absurda de querer adelantarse en la línea temporal, ha sido enemiga nuestra desde tiempos remotos, porque cuando más hemos querido ser eternos, más fugaces nos volvemos.
Nadie está realmente vivo, así como los nostálgicos dicen que nadie está realmente muerto. Al final del día es esta una realidad tediosa que nos mantiene en el medio de dos mundos: uno resguardado por un gato que cuida de las almas que ya han cerrado los ojos, y otro en donde ese mismo gato te ronronea y se sienta en tu pecho, sólo para comprobar que estás vivo, y que esos latidos tengan valía en un día nuevo.
¡Hasta el próximo miércoles!
Postdata: Si un día me muero, espero que quienes estén conmigo sonrían, y lo hagan porque he cumplido mi deseo: haber vivido.
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