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Letras y Memorias

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La puerta al mar

  • “Ella se fue a la playa a ver el sol una vez más, antes de que se caiga, y se trague todo el mar…”

Era febrero y la puerta se abrió junto a la inmensidad del sol nublado, en esta aplomada ciudad, junto al tiempo que estaba encapsulado en esa torre mítica que, días atrás, fue remodelada por la lucha de idealistas.

Febrero, con el “tic tac” de las manecillas moviéndose sin sentido, nomás avanzando, pero sin realmente llegar a un punto.

Voces iban y venían en aquellas madrugadas de febrero. A veces se apagaban antes de tiempo, otras más, llegaban justo en el momento correcto, pero ese ciclo no dejaba de sonar en el teléfono, porque cuando los ojos se cerraban, entonces ella, quien se ha ido a la playa para devorarse el mar, endulzaba la cabeza y sedaba el insomnio.

Ella sacudió este mundo, así como los huracanes sacuden las costas, pero esta vez no causó terror, sino que limpió esas malas tardes de marea pobre y pesca nula en este océano vasto pero poco profundo para uno.

Le recuerdo bien, arribando, con el abrigo suficiente para cubrir del polvo helado, esa delgada y nívea piel, le recuerdo caminando palmo a palmo por este parque y dibujando mientras tomaba café, y me recuerdo también, sentado cerca, esperando a que el sol saliera, sin éxito alguno, sólo para poder comparar los brillos del astro con la bioluminiscencia de aquellos rosados labios.

Suena en mi cabeza una canción mientras hago memoria entre mis letras para elegir cómo hablar de ella, de la sirena que se fue a la playa y que gustaba de mis ocurrencias, así como yo gusto de sus ternuras.

No encuentro los verbos necesarios, pero hago un esfuerzo por agradecer las fotos de nuevos paisajes y las canciones, hasta las nulas clases de baile que fallaron en mis pies y cadera; ¡vaya! Hasta agradezco esa seriedad, al ver películas mientras yo moría de risa con los absurdos del séptimo arte. A veces extraño que la sirena se haya ido a otro lugar, a un nuevo mar.

Luego de otra noche de insomnio leve, en donde dejé de lado todo el ajetreo de mis murallas amarillas y mis cielos aplomados, fue inevitable pensar en esa vida cercana a la sirena, que nació en febrero y que me abrió las puertas de otro mar, y de sus secretos a la par.

Natural es que den ganas de visitar el Caribe y jugar a ser un pirata de ese lugar, pero con el temor que me da ser devorado por esa masa de agua, me lo pienso bien, aunque, igual y es esta la última oportunidad que tengo de sucumbir como un atardecer y renacer cuando se disipe la noche, allá, en ese espacio azul. 

Puede que sea ciertamente la chance final, y espero que de ser así, me espere la sirena aquella, con los brazos abiertos y el pecho deseándome a mí. Ahora que, si hay otro encuentro en el frío de mi hogar, sabrá ella que podrá resguardarse conmigo, así como me ha cuidado a lo lejos, desde que el invierno se marchó y ella apareció.

¡Hasta el próximo miércoles!

Postdata: Te veo por acá, o nos vemos por allá, sirena… déjame abierta la puerta para navegar en tu mar.

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