Espectros en la cabeza
Cuando era niño, hace algunos años, tenía un amigo imaginario que al final resultó ser un duende, aunque no de esa naturaleza medio bribona como el que Elena Garro expone en su famoso cuento; mi duende era más bien agresivo, llevadito y a veces “manchado” con sus bromas y jugarretas en aquél prado donde vivía con mis abuelos maternos.
A veces me rasguñaba y a veces era protector conmigo, era una suerte de ente bipolar que incluso una vez me tumbó de lo alto de un árbol; aún tengo en la espalda baja la cicatriz que el cabrón duende causó.
Tiempo después su compañía me siguió hasta nuevas latitudes y fui víctima de sus bromas pesadas, ya que tenía la maña de esconderme las canicas y hacer travesuras de noche cuando mi hermano y yo intentábamos dormir; su presencia no me dejaba pegar el ojo de forma oportuna y, hay noches justo ahora, a mis veintitantos años, en que esta vida luce como una regresión a esos años de infancia cuando una sombra diminuta me generaba gran miedo.
Los miedos son similares a nosotros, porque tienen esa capacidad casi mágica de adaptarse y evolucionar, de anidarse en lo profundo de cada humano al que acechan y hacerse su amigo sólo esperando una pequeña grieta para nutrirse de las inseguridades y desvelos.
Puede que todos tengamos terrores distintos pero, apuesto a que no soy el único que tan sólo con imaginar una gallina de tamaño humano, sufre de una piel erizada mientras reza porque eso no llegue a ser real algún día, porque entonces no habrá deidad alguna que lo proteja de tan absurdo y aterrador especimen.
Y si hoy hablo de miedos y de esa sombra tenebrosa del duende Ramoncito que quién sabe dónde fregados vivirá hoy, o a qué niño indefenso atormentará, lo hago con la intención de sacar de la cabeza turbia toda señal de agobio en medio de una anormalidad que ha fatigado hasta al más vigoroso de los seres humanos conocidos.
Un tiempo me aterró un poco el duende, después me dieron miedo las serpientes y esa sensación de saberse muy alto en el cielo; superado eso, mi terror más grande era morir de forma inesperada, y luego de ello no me dejaba descansar el pánico a los fantasmas o espectros de dimensiones alternas a la nuestra.
Me han dado miedo los asaltantes de la Ciudad de México y también las brujas del cerro, los perros gigantes que se lanzan sobre uno como si estuvieran muriendo de hambre y también me llegó a aterrar el cine de suspenso; me ha dado miedo saberme solo en un mundo con 7 billones de personas.
Hoy en día, mi mayor temor es no ser feliz, y de todos los que he citado antes, parece ser el más arraigado y el más difícil de enfrentar y superar porque, ¿cómo se vence un miedo tan simple y arraigado? ¿Cómo se vence esa sensación de no sabernos satisfechos con lo que tenemos o somos? No ser feliz en la actualidad, es similar a temer al duende que hacía travesuras en aquél departamento de Coacalco: por lapsos todo parece absurdo y hasta cómico, pero una vez que su sombra te alcanza, ni siquiera una luz de noche o cubrirte la cara con la colcha será suficiente para evitar sofocarte en tu propia inseguridad.
Y entonces uno antes de dormir camina por estas destrozadas y parchadas calles, y mientras la Luna lo sigue y el cigarro se consume en la boca, el único pensamiento que aborda la cabeza y sus espectros, es tan sencillo como esto: “ojalá mañana sea más feliz que hoy, porque me aterra no estar en paz ni con mis propios demonios”.
¡Hasta el próximo miércoles!
Postdata: Yo no huyo de mis demonios, porque sé que a veces me convierto en ellos.
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