Home Nuestra Palabra LAS MASAS Y LAS ÉLITES

LAS MASAS Y LAS ÉLITES

LAS MASAS Y LAS ÉLITES

FAMILIA POLÍTICA

Baltazar Gracián se manifestaba como un escéptico en relación con la capacidad de pensar de las masas: “Piense con las minorías y hable con las mayorías”, aconsejaba. Es fácil enfrentarse a situaciones peligrosas cuando se intenta nadar contra la corriente; el camino de la disidencia está lleno de obstáculos y riesgos. Gracián consideraba que solo verdaderos elegidos como Sócrates y/o Jesucristo, podían intentar abiertamente ir en contra de la opinión pública, en sus respectivas sociedades: el primero terminó al cumplir la sentencia de un tribunal que lo condenó a envenenarse, tomando la Cicuta; el segundo, clavado en una cruz romana, con una lanza clavada en su costado. Ninguno de los dos era un criminal: ambos eran diferentes, únicos e irrepetibles. Defendieron su individualidad y su congruencia, aún a costa de su propia vida; eran de élite y jamás aceptaron confundirse con la masa, en lo referente al ejercicio de su libertad de pensamiento y acción.

En todas las sociedades, el desacuerdo se considera ofensivo, porque es una condena a los puntos de vista de los demás, principalmente de los gobernantes. Cuando una voz solitaria se atreve y tiene autoridad moral, lo sigue una gran cantidad de descontentos que crece, ya sea contra la censura o contra el elogio. 

La verdad es que para las minorías, no está al alcance de todos; los errores son tan frecuentes como vulgares. El hombre sabio no será reconocido por lo que pregona en la plaza pública, sino por lo que dice en un pequeño círculo; ante la masa no utiliza su propia voz; dice lo que la gente quiere escuchar, por mucho que se contradiga la realidad con sus auténticos pensamientos, ya estructurados. La incongruencia suele ser un elemento en la personalidad del político; que no va de acuerdo con la autenticidad del hombre de ideas.

El sabio evita que lo contradigan, con el mismo cuidado que evita contradecir. El pensamiento es libre, no puede ni debe ser obligatorio; cuando esa libertad esté en riesgo; aconseja: “Retírese al santuario de su silencio y si alguna vez se permite romperlo, hágalo ante unos pocos, asegurándose que sean discretos”. 

En todos los tiempos y en todos los espacios, después de superarse el comunismo primitivo, junto con la aparición de las clases sociales, la figura del político fue necesaria para preservar no sólo la vigencia de una norma de derecho (desde la Ley del Talión y la legislación romana, hasta los complicados códigos de nuestro tiempo) sino la existencia misma de la paz entre los individuos y entre los pueblos. 

Diferentes han sido las circunstancias históricas y los regímenes de gobierno; las reglas para hacer política también escriben diariamente sus propias páginas. A pesar de su discreto elitismo, los hombres y mujeres de poder permiten la filtración de grandes secretos. Detrás de la Guerra de Troya, por ejemplo, Homero reveló en La Ilíada, mucho de lo que, tras bambalinas, ocurría entre los hombres y entre los dioses. También, en la corta pero poderosa vida de Alejandro El Magno, se gestaron numerosos secretos, que solo se desvelan con el paso de los siglos. La Roma eterna, en sus diferentes etapas, legó a la política abundantes páginas de refinada crueldad y alta traición para alcanzar o preservar el poder que, se sabe, nunca será eterno.

Querámoslo o no, los seres comunes, desde nuestro nacimiento encontramos una vorágine; nuestra circunstancia está ya hecha; de una forma u otra, estamos fatalmente determinados a actuar en un medio circundante que nos mantiene en contacto con los órganos del poder público. En una democracia, por defectuosa que pueda ser, tenemos la posibilidad de convertirnos en actores, protagonistas (mínimos si se quiere) de nuestro propio futuro, mediante la expresión democrática por excelencia, que es la emisión del sufragio. Votar es un derecho y un deber de todos los ciudadanos.

De aquí al cinco de junio, Hidalgo tiene ante sí una serie de argumentos que los participantes en el escenario principal, pretenden hacer valer para bien de los potenciales electores. Con su propia experiencia, uno y otra, ambos aspirantes finalistas, buscan llegar a la base misma del pueblo, donde está la génesis del voto; a ese pueblo difuso, disperso, a veces ignorante y adverso a lo que debiera ser el ejercicio fundamental de su existencia ciudadana. Diferentes propuestas van y vienen de una trinchera a otra, aunque, por desgracia, el morbo popular se centra más en los temas, reales o inventados, que forman la agenda de la guerra sucia.

Ambos protagonistas en esta contienda, seguramente tienen equipos selectos, preparados para conocer hasta las más íntimas convicciones éticas de sus jefes políticos. Las propuestas que en la tribuna pública salen hacia la gran masa y se reproducen por medio de miles de activistas, tienen que analizarse, bien o mal, por un pueblo al cual poco le importan los valores personales de los aspirantes. Lo que a los potenciales votantes interesa, es su propio beneficio; no quién sea mejor ser humano ni la capacidad que tenga para rodearse del mejor equipo de trabajo. Lo único que motiva el voto, es que se trata de un instrumento de cambio cuyo valor unitario es ínfimo, pero que, en conjunto, es el fundamento de la mayoría que nuestro régimen exige para ejercer un gobierno legal y legítimo.

Dicen los demagogos que el pueblo no se equivoca. Yo creo que sí, aunque no siempre. Ojalá que el libre albedrío unifique la consciencia colectiva; que poco a poco se construya una mayoría que proyecte a todos hacia un Hidalgo Mucho Mejor.