LAGUNA DE VOCES

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LAGUNA DE VOCES

Nicole, la niña que asesinaron

Alguien sintió en el alma el asesinato de Nicole, pero ese alguien no somos todos.

Caminar por este raro sendero que es la vida necesariamente nos hace sensibles a los que, como nosotros, van y van hacia algún lugar del que a ciencia cierta conocemos nada; nos convertimos en vecinos de destino, algunos ligado a la felicidad, otros a la tragedia incesante.

La niña de siete años que vivía en Tizayuca es un dolor agudo entre sus familiares más cercanos que la querían y quieren, que simplemente tendrán que acostumbrarse a extrañarla todos los días de sus vidas. A los que tienen hijas, nietas, les trajo como relámpago la certeza de que vivimos en un país donde es real que muchas son asesinadas por eso, por ser mujeres.

Sin embargo hay muchas niñas, también niños, que viven un infierno desde que nacen en hogares donde la tarea cotidiana es sobrevivir; sobrevivir a la miseria, sobrevivir a sus propios padres; sobrevivir a la desesperanza; sobrevivir a la vida.

México es un país que desde hace muchas décadas ha visto convertido su territorio en un Campo Santo, en un gigantesco panteón, sin que exista un avance real en el combate de las razones que propician el poco valor que se le concede a la vida humana, y a cambio una constante adoración de la muerte.

El asesinato de Nicole espanta porque de alguna manera pensábamos que después de todo, la tendencia al mal no era tanta, que los criminales que se balacean, se cortan unos a otros la cabeza, son ajenos al universo que insistimos en creer límpido, dechado de bondades.

Nos espanta que empecemos a aceptar ahora el asesinato de pequeñitas, porque no podremos anotar la frase aquella que evocamos cuando nos enteramos de cuerpos cercenados, “algo habrá hecho”. Nos espanta porque una niña de siete años lo único que había decidido hacer era soñar en ser grande para estudiar y conocer el mundo.

Espanta que igual a los crímenes que por docena se reportan todos los días, aceptemos la desaparición y asesinato de Nicole como la nueva normalidad, esa que desde hace años y años nos hace ver con brutal tranquilidad que levantaron a esta u otra persona, que apareció otro cuerpo entre las milpas, que la partida es ganada por la muerte brutal y terrible.

Pero la realidad es que la partida de Nicole solo duele en el alma a quienes la amaban con el corazón, a los que no podrán seguir su vida porque es imposible.

Será, como siempre, material para que desde un ordenador o teclado de computadora alguien se indigne y lance virulentos sermones contra quien se le ponga enfrente; servirá para que los fariseos de siempre se rasguen las vestiduras y se tiren ceniza en la cabeza, y de paso le tundan a los que argumenten la posibilidad de la fe en la compasión entre todos los seres humanos. 

El hecho lastima, hace pensar en que ya no hay remedio para nada, pero por sobre todas las cosas debe llevar a una profunda reflexión en torno al origen de este tipo de lamentables acontecimientos; en los mecanismos para prevenir que sucedan, en la búsqueda sin tregua de las causas y la posibilidad de buscar una cura de raíz.

No olvidar nunca a Nicole es una posibilidad. Y en un acto sencillo, no revolucionario ni mucho menos, amorosamente hacerle saber siempre a nuestras hijas, nietas, hermanas, que las amamos, que hasta el último día de nuestras propias existencias sepan que son los pilares sobre las que se ha construido la vida misma. Que no permitiremos que nadie les haga daño; que su tranquilidad es la nuestra y que por eso sabremos exigir la justicia real que es la exposición de la verdad, para una niña como Nicole.

Mil gracias, hasta mañana.

jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico

@JavierEPeralta