Celebrar el incierto futuro
Si el niño que era en 1969 hubiera podido echar a andar la máquina del tiempo que tenía como único secreto y mecanismo para ponerla en marcha el quedarme callado la mayor parte del día y mirar una esquina del cuarto donde dormía, y viajar al 2020, un día de agosto, todo hubiera sido una gran sorpresa, un genuino asombro por mirar lo que seguramente estaba reservado para seres únicos que podían hablarse y mirarse en pequeños aparatos de nombre teléfonos celulares.
Todavía más sorprendentes las pantallas de las nuevas televisiones, donde solo falta tocar a quienes aparecen, y aún más asombro con películas donde es imposible saber si el personaje que vuela por los aires lo hace o no en realidad.
Sería un mundo igual al que solo la imaginación podía llevarnos en ese lejano 1969 cuando el hombre llegó a la luna, pero en la pantalla a blanco y negro de un aparato marca Philco, apenas si se pudo distinguir una sombra, y luego el porqué a estas alturas muchos aseguran que no ocurrió en realidad.
Pero llegar al 2020, confirma que en poco más de medio siglo el mundo se transformó, es otro, y solo cuando se puede dar un brinco descomunal en el tiempo hace posible la gran sorpresa, el asombro; porque vivir los hechos paso a paso, sin receso de por medio, provoca un proceso de asimilación paulatina que desemboca en la creencia de que todo sigue igual, o similar a otros tiempos. Y no, no es así.
Es un mundo diferente en todos sentidos al que miramos en esos tiempos, cuando en mi caso mirar en la tlapalería de la colonia una pistola de plástico con luz resultaba un asombro absoluto, el paso inmediato a secretos únicos, al principio de la construcción de nuevas realidades, en las que está claro nunca estuvo ausente la posibilidad de asomarme a un año como que el hoy vivimos.
De tal modo que si en una de esas brincamos 50 años adelante, es decir al 2070, al que por evidentes razones casi ninguno, o ninguno de mis contemporáneos llegará, seguramente quedaríamos con la boca abierta por todas las posibilidades que la tecnología habrá traído a la vida cotidiana. Tal vez incluso se haya detenido el envejecimiento de las personas, y sea una constante durar hasta los 120 o 130 años, o de plano hacerla de inmortales, aunque eso traería como consecuencia casi inmediata el fastidio, el aburrimiento, y por lo tanto una ola de suicidios.
Podemos mirar con renovado interés la historia cuando la observamos sin ser parte de ella, y eso provoca la sorpresa única que cambia la interpretación de las cosas. Cuando es asunto de la cotidianeidad todo resulta ser parte de un desarrollo lógico de las cosas.
Es así que ese niño de 1969, que logró saltar 51 años en el tiempo, en este 2020 puede asegurar que todo es un asombro sin freno, un comprobar que los sueños más exagerados de esos tiempos, se han cumplido a cabalidad, y en mucho rebasaron las expectativas.
Aunque la verdad, la mera verdad, caer en el 2020 no fue del todo acertado, porque el mismo niño que miraba encerrado en su cuarto una esquina del mismo, hoy no puede salir a ninguna parte, con todo y los avances tecnológicos que, dicho sea de paso, de pronto perdieron toda su razón de ser si acabaremos comunicándonos con puros fantasmas.
Por eso celebro 1969. Año en que la luz diminuta de una pistola de plástico que vendía en la tlapalería de la colonia, iluminó un mar de posibilidades, de futuros que estaba seguro se cumplirían en el 2020. Pero la verdad es que ir a esa tienda de tuercas y tornillos era divertido, porque podía andar en la calle sin turbantes, máscaras o tapabocas.
Mil gracias, hasta mañana.
jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico
@JavierEPeralta