LAGUNA DE VOCES

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El reencuentro de los recuerdos y la esperanza

Las redes sociales permiten reencontrar a personas que nunca pensamos ver de nueva cuenta en nuestras vidas. A veces puede resultar un acontecimiento digno de celebrar, pero finalmente nos vemos en la triste necesidad de reconocer que el transcurrir de la existencia, por obligación sabia, nos obliga al olvido absoluto, a dejar en algún lugar los rostros, las alegrías que pasados los años valen únicamente por eso, por ser recuerdo.

Seguramente somos lo mismo nosotros para los otros, y resulta saludable que así sea. Ninguna historia puede tener un final feliz si somos tan necios como para querer volver a compartir instantes diminutos, espacios de raquítica dimensión, lugares que ni siquiera existen para estas fechas.

La nostalgia, la melancolía, solo pueden ser tales si lo que se extraña es un algo imposible que se quedó guardado en la memoria, con los mejores ingredientes que se le pudieron haber puesto. 

Las redes sociales sin embargo llevan a no pocos, al camino incesante del reencuentro, del volver a construir sobre un terreno baldío lo que ya se fue de manera irremediable, y por eso son tantos los fracasos de las convocatorias para las reuniones de ex compañeros de preparatoria, universidad o lo que se haya hecho en asuntos académicos.

No hay marcha atrás en la existencia humana, nos guste o no. 

A veces sin embargo cometemos el pecado de buscar entre los escombros del olvido alguna luz, algo que nos dé constancia de que fuimos lo que añoramos en alguna rendija de la pequeña historia personal, y siempre el resultado habrá de ser el mismo: ni nosotros, ni los demás se pueden reconocer. Si acaso un guiño, una mueca al sonreír, un algo lejano que apenas si evoca el justo instante en que sabíamos que el futuro nos esperaba.

El futuro nunca resultó el que se planeaba, es decir el presente. Nunca acabamos de comprender el porqué el tiempo nos hizo lo que nos hizo, para bien o para mal, pero finalmente otros que se ríen de sus barrigas, su calvicie, sus arrugas que surcan la cara, su manía de creer que todavía hay espacio para la esperanza.

Dejamos simplemente de ser, pero las redes sociales tienen la maldición que hace creer en que después de todo hemos de volver a los sueños, a las ilusiones, a la certeza necia de que nada ha cambiado.

Pero todo ha cambiado.

De todo grupo humano al que se pertenece en alguna etapa de la vida, salen disparados destinos que por obligación curan la melancolía y los deseos de que las cosas se hubieran quedado estacionadas en algún lugar.

Y no, no es así. El tren empezó a caminar desde el último día en que celebrábamos el fin de los estudios, y uno a uno bajamos en la estación que teníamos predestinada en un viaje que simplemente no podía tener regreso. Algunos cayeron antes de tiempo, y también fue el destino responsable de todo.

Las redes sociales pueden servir para muchas cosas, hasta para engañar, o intentarlo por lo meno, al destino. Porque mirarnos en fotografías de cuando la juventud nos juraba amor eterno, en no pocos momentos es la certeza de que pasamos muchas estaciones sin mirar cuando menos el paisaje.

Y sin embargo a veces, en esos días que el encierro, el frío y los cielos nublados, llevan a la necia memoria, porque siempre es valiosa una ayuda, mínima pero vital, de quienes no dejan pasar día sin convocar al reencuentro de los recuerdos.

Al final, lo sabemos, esas personas que invitan a constatar que simplemente el tiempo pasa, tienen el don de espantar la tristeza, como en estos días que tanta falta hace.

Mil gracias, hasta mañana.

jeperalta@plazajuarex.mx

twitter: @JavierEPeralta