Nadie sirve para vacaciones eternas
Ausentarse de la redacción, luego regresar como lo hacemos cuando empieza el año, ahora que por asuntos de salud nos refugiamos en la casa, me confirma que en ninguna parte del mundo llegamos a ser indispensables. Es decir, que la gran maquinaria de la que somos una ínfima parte, seguirá, seguirá y seguirá con o sin nosotros. No es queja, ni signo alguno de amargura. Es simplemente la realidad de la vida, que día a día, hora a hora, minuto a minuto, nos restriega en la cara que en esta carrera desbocada de lo efímero, debemos acostumbrarnos a vivir simplemente, y reconocer que, al final de cuentas, es deber y responsabilidad hacer lo mejor que se pueda cuando hay tal oportunidad.
Sin embargo hay espacios que construimos a fuerza de constancia, seguramente desolados sin nuestra presencia: la mesa de trabajo, la oficina donde el humo de cigarro invade las noches a la espera del diseño de páginas, las dos ventanas que dan a la calle, los mosaicos del largo corredor donde resuenan los pasos de gente a quien uno conoce por su forma de caminar, los fantasmas que cada mes y medio se aparecen para saludar con renovado gusto.
Esos espacios no marchan sin uno, se quedan estáticos como la casa vieja donde ya no vivo. Pero acostumbran revivir apenas ponemos un pie en su interior. Es un acto de magia que ilumina las hojas llenas de polvo, las persianas atoradas para variar, el cable mocho del teléfono.
Somos animales de lugares, de costumbres, de rutinas, de hábitos, de saber que lo sucedido hace meses deberá repetirse con inusitada exactitud, y que lejos del fastidio, se confirma nuestra existencia.
Por eso los primeros ensayos para regresar a la oficina, a los días con tardes y noches canceladas, es una esperanza siempre cierta saber que el escritorio sigue en su lugar, la computadora, el directorio telefónico, las figuras de alebrijes y carritos que adornan el librero.
Ausentarse es una cosa, perderse para siempre otra. En el primer caso nuestras cosas materiales, las pistas que indican estamos vivos, se mantienen en su lugar. Nadie las lleva a otra parte, porque nos esperan. En el segundo caso no, y deshacer el escenario es tarea fundamental de los que se quedan, porque recordar con insistencia a quien nunca volverá es una locura de sufrimiento.
Hoy por eso en un pase de lista de lo único constante, habré de saber que sigo vivo si el librero, el uno y el dos, la repisa con fotos, las cajas con tarifarios, vaya pues hasta el regulador que nunca ha servido, se encuentran en su lugar. Esa será una agradable noticia.
Dedicamos toda la existencia a detallar lugares, resguardarlos de las manos ajenas, cuidarlos hasta con la vida, porque al final de cuentas es la única certeza de que no nos hemos ido.
Y sólo por eso, retomar las rutinas, resulta soportable.
Además que vivir en un estado permanente de vacacionista es imposible, porque lo que resultaba novedoso acaba por ser una nueva rutina, y lo peor de todo, inventada.
No servimos para el descanso eterno, y esto puede ser un buen signo para escondernos de la muerte, que gusta más de los que anhelan llegar a una edad determinada para no hacer nada, nada de nada.
Retomar el hilo de los acontecimientos, jugarle con renovado gusto a la feria de los adivinos por esos asuntos de la política, que siempre serán cosa de todos los días en el estado; hacer planes para un futuro que se ha tardado en llegar; esperar quién sabe qué todavía estas alturas del año, con la certeza de que no llegará nada, como no sea más edad y achaques.
Pero eso nutre la vida, y sin todo lo que aborrecemos días previos a estas vacaciones forzadas , seguramente andaríamos perdidos en la calle, y con la solicitud de limosna para que regresara lo de todos los días, lo que le daba sentido al descanso tan ansiado.
Así que se extraña lo simple pero elemental: el portón tubular que abre un día el poli de marcialidad absoluta, otra el que simplemente se ríe, la escalera de mosaico blanco, el pasadizo a la oficina que parece cámara frigorífica, ahora los libros que miran enojados al que año con año promete leerlos.
Así que sin la rutina nada tendría sentido.
Mil gracias, hasta mañana.
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