Fe, todo es asunto de fe
Hace demasiado tiempo que todo intento por recuperar el sentido de la Navidad deriva en un fracaso tan grande, que se acaba por aceptar como verdad eso de que perdemos la inocencia de creer en los Reyes Magos porque sería ridículo que a una edad determinada aún tuviéramos fe en asuntos de la imaginación, la magia o el amor, que para muchos resulta ser la misma cosa.
De tal modo que empezamos a mirar con profunda resignación el hecho de que los días son iguales, salvo que el frío entumece los huesos que chirrían como bisagras oxidadas y así las cosas además de la desilusión nos enfermamos.
Entonces deducimos que es asunto de la edad ya no creer en las Navidades repletas de cosas mágicas, y como el amor tiene características similares, un día cualquiera sin darnos cuenta cerramos la cortina de metal a esos asuntos que por lo tanto, aceptamos, son enfermedades propias de la juventud.
Así pasan más años y efectivamente los días son exactamente iguales con frío o calor, con o sin Navidades, con o sin amor.
Conozco a muchos que incluso presumen su desdén por todo lo que pueda implicar mezclar sentimientos en las lides amorosas, que confunden con proezas físicas donde se hace de todo menos amor.
Las Navidades resultan ser una época de fiesta simplemente, de la vertiente de las parrandas de primavera o verano. Todo es igual.
“Conozco a esos plebeyos”, diría la canción, soy uno de ellos, fui, espero nunca volver a ser.
Las Navidades que de niño disfrutamos con la fe del que cree sin pedir pruebas de nada, reaparecen el día menos pensado, se visten de ángeles cristalinos que se asoman en el nacimiento, sonríen y de pronto sabemos que hay magia cuando hay fe, cuando volvemos a creer; cuando empezamos descubrir el olor particular y único del último mes del año.
Podemos, por supuesto, cerrar los ojos y decirnos que ya es tarde para todo, que solos nuestros niños tienen derecho a tanta magia. Podemos.
Pero también podemos hacer lo contrario y empezar a creer de nuevo, a ver que si algo nos dejó en el corazón la infancia fue la fe.
Y así podemos tenerle fe a la vida, a las personas que amamos y nos aman, a uno mismo que es asunto esencial empezar por ese camino.
Por todo lo que escribo, lo que saludamos al final de cada año, es fundamental mirar el cielo, el firmamento, los luceros, lo que sabemos existe a millones de años luz y que no podemos confirmar pero que por la fe en la maravilla humana de su inteligencia creemos. Tenemos fe, volvemos a tener fe en que el amor es la única salvación de nosotros mismos.
Todo es, siempre lo hemos sabido, cuestión de fe. Sin ella estaremos perdidos y amargados.
Mil gracias, hasta mañana.
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@JavierEPeralta