Home Nuestra Palabra LAGUNA DE VOCES

LAGUNA DE VOCES

0
  • El tobogán de la vida

De niño me duraban más los meses, y la llegada de navidad tardaba tanto que acababa por pensar que de alguna forma el tiempo se extraviaba en alguna parte, hasta que no tenías más remedio que aparecerse y reconocer que efectivamente se había perdido para desesperación de los niños. Sin duda alguna la niñez nos permite la dispensa de la realidad, para de este modo hacer posible casi cualquier cosa que imaginemos. No así con los adultos que ahora somos, y que finalmente sabemos que también era cierto que a una edad determinada las horas se convierten en minutos, los días en horas, las semanas en días.

Se va la vida rápido y eso preocupa, porque al toparnos con septiembre vemos que ya está en su última etapa el 2017, año que allá cuando pequeños nunca imaginamos que podríamos ver, además que ni nos interesaba, porque la impaciencia de que llegara diciembre nos permitía arrancar hojas en un calendario que siempre estaba en la cocina.

Sabemos que todo proyecto de vida, de ilusión, si queremos ser realistas y cuando menos pensar que podremos realizarlo, no puede rebasar los 15 años si bien nos va, con la certeza de que a lo mejor antes se nos atraviesa un algo que nos detenga de golpe y porrazo para llevarnos al viaje que ahora sí le corremos con singular espanto.

A lo mejor en la infancia solo teníamos una idea lejana, borrosa de que existíamos, de que habitábamos una realidad en constante modificación, de tal modo que no nos espantaba si la luna una noche tenía el color blanco del cartón, tan absurdamente artificial que mejor ni caso le hacíamos.

Hoy es diferente, y si es parte de un gigantesco escenario, lejos de reconfortarnos nos angustia, porque nada es seguro, claro, lógico, cuando se está a punto de entrar a los 56 años, y por lo tanto los calendarios se quedan sin hojas apenas pestañeamos para mirar que ya es mucho el tiempo que hemos vivido.

De tal modo que a partir de ahora es importante tener recuerdos, echar marcha atrás hasta esa época en que todo era tan lento, tan relajado, tan sin ningún objetivo como no fuera vivir en el eterno margen de la contemplación.

Solo a partir de la memoria lograremos comunicarnos con los jóvenes, para enseñarles que también tuvimos la seguridad de que el tiempo había perdido el paso, y por lo mismo duraba más de lo debido, al grado de hacernos pensar que nunca llegaría la navidad, los juguetes, las ilusiones por muy pobres o ricas que fueran.

Es posible que la lentitud de la edad nos haga pensar que los días vuelan, las semanas, los meses, los años. Es posible y prudente achacar a la vida todo lo que ya no podemos ver, lo que nunca veremos.

Pero al final de cuentas todos esos asuntos no interesan a los jóvenes, no les van a interesar como no sea que crezcan y se enfrenten a los tiempos en que miramos cada vez con más interés un lunes que abrimos los ojos temprano, y por ese simple hecho estuvimos seguros de que la semana sería espléndida.

Ahora mismo que llegó la noche, igual que todos, decido celebrar que aun miro a la ventana y sé que un jardín sin luces está allá abajo, que la carretera hacia Actopan pasa después de las paredes pintadas de color crema, que mucho más allá hay otros que miran ventanas y saben que los miro.

Puedo asegurarles a los niños que diciembre ya llegó, y que todo es asunto de celebrar el Grito de Independencia, el Día de Muertos y la navidad, los Reyes Magos, cumplirán su cometido, su tarea vital para alegrarnos la existencia.

Mil gracias, hasta mañana.

 

jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico

@JavierEPeralta

 

CITA:

Solo a partir de la memoria lograremos comunicarnos con los jóvenes, para enseñarles que también tuvimos la seguridad de que el tiempo había perdido el paso, y por lo mismo duraba más de lo debido, al grado de hacernos pensar que nunca llegaría la navidad, los juguetes, las ilusiones por muy pobres o ricas que fueran.

Es posible que la lentitud de la edad nos haga pensar que los días vuelan, las semanas, los meses, los años. Es posible y prudente achacar a la vida todo lo que ya no podemos ver, lo que nunca veremos.