“Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir, de la calumnia, ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan, mi plumaje es de ésos”.
Salvador Díaz Mirón.
Los crímenes más abominables se cometen bajo la invocación de los más altos valores humanos. En su tiempo, la defensa de la fe engendró la Santa Inquisición: brujas, hechiceros, científicos, judíos, hombres ricos… medidos con el mismo racero, alimentaron las llamas que la leña verde producía en las vengativas y divinas hogueras del Inquisidor. El mismísimo Dios Padre, es más, la Santísima Trinidad en Pleno, hablaba al oído de sus ensotanados hijos predilectos, para preservar los dogmas ancestrales de la Iglesia. “Y sin embargo, se mueve” dijo Galileo para referirse a la tierra y no al sol en defesa de la verdad científica.
Desde El Renacimiento, un nuevo Dios rige los destinos del mundo: el poderoso caballero, Don Dinero. Los grandes capitales fueron (y siguen siendo) omnipotentes entidades que exigen tributo y obediencia de todos los pueblos de la tierra: oro, plata, petróleo y otras riquezas se acumulan en unas cuantas manos para manipular las economías y someter a los países débiles a la hegemonía delos imperios.
En otro tiempo, el valor a defender fue la Democracia. En Europa toda, después en Vietnam, Corea, África o América Latina, los policías del mundo usaron el “Gran Garrote” para combatir, con todo, un posible advenimiento del Comunismo y su utópica concepción de una sociedad sin clases. “Dios ha muerto” (Nietzsche dixit), la democracia no: ¡Que viva la democracia!… Por voluntad, o por fuerza; por la paz o por la guerra.
Así han transcurrido los tiempos y los valores de moda. Hoy, por ejemplo son: los Derechos Humanos, la Perspectiva de Género y el Combate a la Corrupción. El poder sobrehumano que sirve para su defensa es: La Santísima Información. Sus códigos de ética están llenos de fanatismo laico, más intolerante aún que cualquier credo religioso. Nada ni nadie puede erigirse como defensor de quienes cometen pecados, sean éstos mortales o veniales.
A diferencia de los ministros de las iglesias, de los grandes comerciantes, empresarios y banqueros, de los demócratas más calificados, cuyo grado de preparación académica incluye privilegiados refinamientos de élite, la Santísima Información está al alcance de cualquiera que tenga en sus manos un teléfono celular y conocimientos tecnológicos mínimos para su manipulación. Es una deidad proletaria, simpatiza con las masas analfabetas. Su éxito se basa en el viejo principio nazi de Goebbels: “Una mentira que se repite un millón de veces, termina por ser verdad”. Algunos medios nacionales e internacionales lo saben, lo practican. Están en el juego. Antes de leerlos, ya sabemos lo que dicen.
En nuestro tiempo la Santísima Información nada construye, destruye todo lo que toca. No edifica, derrumba las más sólidas estructuras. No critica, calumnia. No investiga, afirma, condena, lincha, con argumentos válidos o sin ellos; confunde opinión con verdad. En su universo no cabe la presunción de inocencia; todo mundo es culpable “a priori”; tampoco se puede ejercer, el derecho al debido proceso. En ese mundo nadie es oído ni vencido en juicio. Los argumentos que el acusado puede exponerse usan en su contra. El culpable lo es y punto. No hay prueba de descargo que valga. Las infracciones a la norma se califican a la medida, se invocan, sean ciertas o no. Finalmente ¿Cuál es la diferencia?
En materia de Derechos Humanos, se buscan crímenes en todas partes. La moda es condenar, al titular del Ejecutivo, a las Fuerzas Armadas y en general, a los miembros del gabinete de seguridad. Se defienden los Derechos Humanos ¡Ah! pero de un solo lado. Cuando hay policías muertos, ninguna voz se levanta para exigir castigo a los culpables. Nadie repite el aplaudido y demagógico slogan: “Los queremos vivos”.
Las voces internacionales que, con autoridad moral, reconocen la labor de México en distintas áreas del Gobierno, son olímpicamente ignoradas. Valen más las opiniones de “El Charifas” o del “Chicarcas”, que las de la Reina de Inglaterra o el Presidente Obama. Los logros no existen, a pesar de las evidencias.
Esa lógica (sospechosismo), exige investigar las turbias historias que, seguramente hay detrás de cada mansión lujosa, donde quiera que se encuentre, o detrás de cada reloj caro, cuya tenencia, aun legítima, es una chingadera.
Si en lo interno alguien se atreve a defender al sistema o a presumir que en los conflictos de Iguala, las víctimas fueron propiciatorias y que algo similar pudo ocurrir en Hidalgo, es automáticamente tildado de apátrida y lambiscón.
La Santísima Información no propicia el diálogo, sino el más absurdo de los monólogos. Cualquiera puede ser la próxima víctima, aunque hay intocables, consentidos de la mano que mece la cuna.
En la vorágine de acusaciones que vive nuestra vida pública, se advierten y condenan actos de corrupción y conflictos de interés. La publicidad auténtica, es plausible. No se pretende defender lo indefendible, sólo se trata de interpretar las condenas de la Santísima Información, en los cánones de la razón, la ética y la política. Si los cañonazos vienen del adversario, es preocupante, pero el fuego amigo es grotesco. Si la mira está en el 2018, los que vivimos parecen crónicas de un suicidio político anunciado.
Son tan repetitivos y constantes, estos golpes por obra y gracia de la Santísima Información que la sociedad está perdiendo su capacidad de asombro. Los primeros escándalos, dañaron gravemente a sus protagonistas, en su imagen en su patrimonio, en sus valores familiares, en su futuro político… Los nuevos y los que vendrán, ya no tienen el mismo impacto. No tiran, luego, fortalecen.