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La nueva dictadura británica

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La una vez ejemplar democracia parlamentaria británica ya no lo es

“Todo se desmorona, el centro no se sostiene.”

El problema de la izquierda británica no es nuevo. En su afán de sentirse bien consigo mismo, olvidan la necesidad práctica de confeccionar un mensaje capaz de convencer al electorado. El problema del laborismo se concentra en su mensajero, Jeremy Corbyn, líder del partido desde septiembre pasado. Corbyn es, a todos luces, un buen hombre, honesto e inquebrantablemente fiel a sus ideales socialistas. Su punto débil es que se opone pero no propone; está en contra de muchas cosas pero no se sabe a favor de qué.

Uno teme enterarse de lo que está pasando en el mundo. Ponemos la radio o le echamos un vistazo al móvil, al diario o a la televisión y vemos que ganó el Brexit, que hubo un atentado terrorista en Niza y un golpe militar en Turquía, que las encuestas dan cada día más posibilidades de que Trump sea presidente de EU. Atentos. Aquí va otra noticia: Reino Unido convirtió en un Estado de partido único.

Sí, la una vez ejemplar democracia parlamentaria británica ya no lo es. La nueva primera ministra, Theresa May es la jefa de un gobierno de derechas sin oposición. El monopolio del poder del que goza recuerda al de Hugo Chávez en Venezuela, o en tiempos de José López Portillo, al del PRI en México.

El gobierno conservador de May tiene vía libre para hacer exactamente lo que se le antoje. Acaba de nombrar a tres chiflados como ministros encargados de la tarea más crucial a la que su gobierno se enfrenta: negociar los nuevos términos económicos y políticos de la relación entre Reino Unido y la Unión Europea post-Brexit. Pero el partido laborista, que quedó segundo en las elecciones generales del año pasado, no ha dicho ni pío. Sus miembros dedican toda su energía a una guerra fratricida que amenaza con acabar con la posibilidad de que la izquierda gobierne en una generación, o más.

Si Reino Unido en general está dando un ejemplo al mundo de cómo no se debe gobernar un país, el laborismo británico está protagonizando una farsa que debería servir de advertencia para todos aquellos en Europa y más allá que aspiran a que la izquierda imponga la solución a la creciente desigualdad en un sistema capitalista rampante, incapaz de cumplir su eterna promesa de que la prosperidad de los de arriba se filtrará a los de abajo.