Home Nuestra Palabra Miguel Rosales La naturaleza nos cobra la factura…

La naturaleza nos cobra la factura…

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Pido la palabra

Sólo espero que el miedo no nos haga cobardes

Al mal tiempo, buena cara; no tenemos ninguna otra alternativa, no debemos permitir que nos invada la paranoia, esta sería mucho más peligrosa que la propia enfermedad de la que hoy nos cuidamos y ocupamos; ver fantasmas en cada esquina lo único que provocaría sería una psicosis colectiva que nos llevaría a imaginar un enemigo en cada uno de nuestros vecinos; la capital de los pastes y los baches, terminaría convirtiéndose en el paraíso perdido.

Tampoco se trata de desestimar las disposiciones que en materia de salud se han implementado en nuestro Estado y el resto de la República, de ninguna manera; lo más conveniente por bien propio y el de nuestra familia es que sigamos al pie de la letra todas y cada una de las recomendaciones que para tal efecto se han dispuesto; a los ciudadanos nos toca asumir una postura de prudencia, tranquilidad y mucha información para que no cunda el pánico, pues siempre he postulado que “no hay miedo más irracional que el que es producto de la ignorancia”.

A nadie conviene bajar los brazos, mucho menos es el momento más oportuno para pretender buscar los reflectores o insinuar intereses ocultos detrás de la enfermedad; tampoco para relacionar la epidemia como una estrategia con fines políticos.

Hagamos a un lado esa sarta de simplezas de malos políticos que hacen que nuestro caminar lo llevemos por una puerca vida, y lo mejor es tener bien centrada nuestra atención en todo aquello que ayude o coadyuve a salir lo más pronto posible de esta factura que la naturaleza nos está cobrando; al mal tiempo hay que darle buena cara.

Esa exigencia de higiene que la situación nos impone debemos llevarla como una forma de vida, no solo de ocasión, sino que “las normas de asepsia debieron llegar para quedarse”; hay tantos y tantos defectos que como práctica viciosa llevamos a cabo sin darnos cuenta de que muchos de ellos pueden provocar otro tipo de enfermedades; pero nuestra indolencia nos impide ver que muchas de nuestras actitudes nos afectan no sólo en la salud, también en nuestra personalidad e inclusive en nuestra economía.

Créanme que no es nada grato ver a una persona tosiendo o estornudando con singular alegría sin hacer el mínimo intento de cubrirse la boca y nariz, y quizá hasta disfrutando el rociar a los que tengan la mala suerte de cruzarse en su camino en ese momento.

Igual es inaceptable ver a una persona que prepara alimentos de consumo inmediato y que a la vez sea la misma persona la que cobra a los clientes el producto consumido, agarrando dinero que nadie sabe en qué sucio calcetín habrá estado guardado por mucho tiempo, o en manos de qué enfermo habrá previamente estado.

Es reprochable e invita a alejarse de esos lugares cuando vemos a meseros que con diligencia están sirviendo los alimentos, pero a la vez están hablando constantemente para hacerle notar al comensal lo exquisito que está el platillo, sin darse cuenta de que en ese acto diligente pueden están rociando con saliva o mucosa la comida que vamos a ingerir.

Es inaceptable continuar con la pésima costumbre de seguir tirando basura en la vía pública de manera irresponsable, sacar la mano del auto y tirar las envolturas de fritura o cualquier otra clase de comida chatarra, o de repente ver que salen volando las botellas o envases de refresco o cerveza para que queden como muestra de nuestra criminal irresponsabilidad en los parques, en el campo o en cualquier lote baldío.

La higiene no debe ser sólo una moda pasajera, llegó el momento de dar pasos firmes para que la siguiente generación pueda disfrutar de un mejor y más limpio futuro; quitarles del camino todos esos malos hábitos que hoy muchos en la actualidad tenemos, y enseñarles, que como alguna vez dijo Luis Donaldo Colosio: “este mundo no nos fue heredado por nuestros padres, sino que nos fue prestado por nuestros hijos”.

Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.