Cada día son decenas de millares. Según los cálculos preliminares de las agencias internacionales, aún por contrastar, en solo dos semanas cerca de 270.000 rohiñás, un 25% de esa minoría étnica en Myanmar (la antigua Birmania), han huido al país vecino para escapar de una campaña de violencia que algunas ONG ya han tildado de “limpieza étnica” acarreada por las fuerzas de seguridad contra esa comunidad de religión musulmana.
“Es un desastre humanitario de primer orden”, denuncia Phil Robertson, subdirector para Asia de Human Rights Watch. “Es la peor violencia de este tipo en lo que vamos de año… Es peor que Mindanao (la isla filipina donde el Ejército combate contra insurgentes islamistas). Es una política de tierra quemada, ataques contra la población civil para echar a centenares de miles de personas. No se pueden poner paños calientes, es una situación horrible”.
Ser rohiñá en Myanmar no ha sido nunca un privilegio. Todo lo contrario. El Gobierno birmano, y muchos de sus ciudadanos de mayoría budista consideran a esa minoría de 1,2 millones de habitantes meros inmigrantes ilegales procedentes de Bangladesh, aunque sus familias lleven asentadas allí desde hace generaciones.