
El Faro
La semana pasada reflexionábamos un poco sobre lo que aconteció en la marcha ciudadana centrada en la defensa del INE. Durante esta semana que ha pasado no se ha dejado de discutir por parte de políticos y analistas sobre los números, sobre las estrategias y sobre las consecuencias.
Más allá de todas estas discusiones, lo que sí ha sido una consecuencia casi inmediata es la convocatoria por parte del presidente de la nación a otra marcha para finales de este mes. Algunos le llaman la contramarcha. Yo prefiero llamarle la “marcha macha”. ¿Por qué?
Parece que los argumentos no son lo fuerte, qui para convocar a esta segunda manifestación popular por las calles y, supongo, el zócalo de la ciudad. No parece que sea algo organizado desde el interés de las organizaciones civiles interesadas por el estado de la cosa pública. No parece que, en última instancia, tenga la preocupación genuina por mejorar la situación.
Cuando menos hace tan solo unas pocas generaciones, los niños varones jugaban a ver quién llegaba más lejos con la potencia de su micción. Ser el ganador de esta competencia daba un cierto prestigio a la persona que lo conseguía. Conforme se crecía en la edad se admiraba a quien le salían un poco más de vello en la cara y conseguía un bosquejo de bigote o un atisbo de barba. Un poco más adelante, de manera oscura y silenciosa, podía comentarse sobre quién parecía que ”la tenía más grande”.
Si nos damos cuenta, en todos los ejemplos aparece la palabra “más” de manera omnipresente. Esta partícula comparativa indica en todo momento un espíritu de competición, de saber en qué rango de menos a más podíamos autoestimarnos. No nos definía, pero sí nos servía de medición y ubicación respecto a los demás compañeros y amigos. Vivíamos en la comparación y en la competición, de una u otra manera.
Si ni los argumentos, ni el interés genuino y esencial de la sociedad civil, ni el interés por mejorar las cosas, son las razones que están en la base de la convocatoria a la siguiente manifestación de fin de mes, quizá haya que encontrar los motivos ocultos de la misma en la necesidad de estar siempre por encima en la eterna labor titánica de comparación y de competición.
Por eso esta marcha puede llamarse “macha”, porque puede interpretarse desde un anhelo de no quedarse atrás a la hora de mostrar el poder de convocatoria y comparar quién llega más lejos, quién la tiene más larga (muchedumbre) y quién tiene los pelos de la burra más controlados en la mano.
El problema es que creemos que la primera marcha no tuvo interés comparativo ni competitivo. No quiso entrarle al trapo de llegar al zócalo, aun cuando a la mera hora se dieron cuenta del volumen de personas que respondieron a la convocatoria. La primera marcha no defendió a los trabajadores que presiden el INE, sino una estructura autónoma que ofrezca cada vez unas elecciones libres y seguras. La primera marcha, por último, se convocó, se caminó, no se maltrató a nadie, se escuchó al único orador y se concluyó, sin más.
Quizá sea el momento de no ser públicamente tan macho, de dejarse interpelar por los otros sin querer ser más que ellos, de escuchar sin estimular el espíritu pueril y competitivo de ser más que el otro. Quizá sea el tiempo de crecer y madurar un poco más.