El escudo antimisiles (aquella famosa guerra de las galaxias) con el que Ronald Reagan quiso certificar el final de la Guerra Fría, que luego George W. Bush intentó recuperar y Barack Obama resetear en un programa descafeinado en un momento de buena sintonía con Moscú, se resiste a morir. La escalada de tensión entre las dos grandes potencias nucleares del planeta, EU y Rusia, se produce cuando la carrera por el control de armamento no está en su mejor momento. La construcción de una base de misiles en Polonia, una especie de paraguas contra un supuesto ataque con misiles de largo alcance a un aliado de la OTAN, ha suscitado la condena de Rusia, que habría desplegado misiles Iskander de corto alcance en Kaliningrado, cerca de los Estados bálticos y Polonia. Estos han pedido, a su vez, una misión permanente de la Alianza para defenderse del expansionismo ruso, una petición a la que Estados Unidos ha respondido con un plan, pendiente de aprobar, para desplegar armamento pesado en esa zona. Rusia, por su parte, está modernizando su arsenal nuclear con nuevos misiles balísticos, modernos cazabombarderos y submarinos, y está retirando el armamento que ha quedado obsoleto. La amenaza de una nueva Guerra Fría, que aparece y desaparece, se resiste a morir, como los viejos roqueros. (Agencias)