Un infarto le cambió la vida al escritor Jorge F. Hernández. Con el segundo infarto terminó por entender su mortalidad y la brevedad de la vida. Desde entonces, dice, ya no hay tiempo para esperar, sólo para actuar, para hacer, para escribir, para sentir.
“En cualquier momento me puedo ir. Antes era muy huevón, no valoraba las cosas debidamente, ahora le doy importancia a las cosas, soy más observador, me fijo en los detalles, disfruto las cosas porque quiero ser mejor escritor. Siempre he sido depresivo, melancólico, creo que se nota en lo que escribo que me domina la nostalgia por encima de todo; pero ahora quiero disfrutar la vida”, dice.
En el año previo al primer infarto ocurrido en 2011, hasta septiembre de 2012, a punto de cumplir 50 años de edad, publicó en su desaparecida columna “Agua de azar”, sus preocupaciones sobre la vida nacional, compartió su sentir respecto a la vida y la muerte, despidió a sus amigos, entre ellos a Eliseo Alberto, acaso el más querido de todas sus amistades; se detuvo en sus gustos y aficiones, lo mismo una comida que una canción de The Beatles; escribió sobre la naturaleza de su amor hacia sus hijos. En suma, le abrió su vida y sus reflexiones a los lectores.
La columna que se publicó de 2000 a 2012 dio pie a una antología de los primeros 10 años, publicada por Trilce, prologada por Antonio Muñoz Molina. Los últimos tres años son ahora reunidos en un primer volumen titulado Solsticio de infarto, bajo el sello Almadía, con prólogo de Juan Villoro, un dibujo de Alejandro Magallanes y del propio Hernández. El segundo volumen se titulará Llega la mar, de próxima publicación.
“Todo escritor mexicano quiere publicar en Almadía, todos queremos que nos diseñe Magallanes y de todos los que hemos sido diseñados por Magallanes he sido el único que ha sido dibujado por él, pero a la manera de mis propios dibujitos. Me dedico a dibujar desde que tengo cinco años, siempre ando cargando una libretita para dibujar porque me sirven más que una idea, un dibujo se convierte en párrafo, el párrafo en un cuento, crónica o novela”, cuenta en entrevista.
El escritor posee más de 100 libretas en las que ha trazado “toda una vida”; en este libro se incluyen 15 de lo más recientes. “Me siento muy honrado con lo que hizo Magallanes, pero ahora también me siento obligado a seguir publicando mis dibujos, aunque la portada de mi libro Un montón de piedras, publicado por Alfaguara, es un dibujo mío.
En sus columnas, dice, se reconoce amoroso, iracundo, reflexivo. “Cuando estuve en terapia intensiva por el primer infarto, aprendí a percibir mejor los afectos y a ser más selectivo con mis odios, porque sé que también tengo mala leche, me burlo de los políticos porque para eso están, para que me burle de ellos. No se puede vivir con veneno en la sangre, hay que sacarlo pero no cada ocho días porque eso estaría muy cabrón”, explica.
Si acaso se puede hacer un resumen de lo que es Solsticio de infarto, Hernández lo define así: “Es un pedo, pero también es un instante. El solsticio dura un segundo y eso me pasó con el infarto. Sé que me pudieron haber dicho: ‘bienvenido al infierno’, aquí está Louis Armstrong, Celia Cruz, tus amigos, tu tía Lolita; aquí está poca madre porque aquí está la rumba’”.
La selección de las columnas también le permitió hacer una autocrítica de su trabajo, algunas, comenta, “están poca madre”, otras “de la chingada”; pero en este libro están las que consideró las mejores.
“En la columna hay presión por entregar tal día y a tal hora porque si no, no te pagan; además me sentía en competencia amorosa con Lichi (Eliseo Alberto), con Villoro, con Muñoz molina”, confiesa.
En esta selección, las dedicadas a Lichi son de las más difíciles. “En la que se llama Por Lichi, sinceramente creí que llegaría el día en que nos reiríamos a carcajadas (Hernández suplió al escritor cubano durante su estancia en el hospital para un trasplante). No me imaginé que la última columna de Lichi iba a ser la mía. Un mes antes de que él se fuera, por sus huevos me sacó de terapia intensiva, ahí se echó un discurso sobre la vida y nos dijo por qué era importante vivir. Al mes se murió, pero pudo haber sido al revés. Durante 18 meses lo llevé a sus diálisis, un día fuimos a Querétaro para apuntarlo en una lista de trasplante; paramos en la carretera porque quería ver el paisaje, y le pregunté qué pasaría si fuera al revés. Me dijo: ‘¿Me preguntas tú si yo te llevaría a la diálisis? No, chico, si fuera al revés tú te mueres’”.