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INFIERNO BONITO

LA POSADA DE MARIO

En los barrios pobres, donde habitó siempre la familia minera, se contaban varias historias, a veces chuscas o con desgracias. 

Doña Luz, una señora de 40 años, con carácter fuerte, fue abandonada 10 años atrás, por su viejo borracho que siempre le pegaba, no dejaba dinero para que comieran sus 11 hijos. La señora nunca pidió nada, trabajó para darles lo más que podía.

Entre los más chicos, estaba Mario, un chico muy vivaracho de 9 años, que era trabajador y a veces rebelde.

Era 24 de diciembre, ellos no conocían lo que era una posada, era de noche, hacia mucho frió, Mario jugaba en la calle, su mamá lo mandó a traer con su hermana:

  • ¡Mario! Dice mi mamá que te metas a tomar tu café.
  • ¡Dile que más al rato!
  • ¡Vas a ver, le voy a decir que no quieres!
  • ¡Dile, pinche chismosa!

Salió la señora Luz, con un pedazo de cable eléctrico, al verla, Mario se echó a correr por la calle del Porvenir, hasta llegar a la calle del Arbolito y escuchó la voz de su mamá:

  • ¡Vas a ver, cabrón! Ahora que regreses.

El niño se bajó por la calle de Reforma y en Félix Gómez, en una vecindad, unos vecinos organizaban una posada, al ver muchos niños, se metió y se quedó admirado de lo que miraba, la dueña de la casa le dijo:

  • ¡A ver niños, fórmense de dos en dos! Les voy a dar una velita y todos vamos a cantar la posada.

Mario se formó en primer lugar, cuando le dieron su velita, al encenderla le brotó la primera sonrisa de toda su vida, se sintió la persona más feliz del mundo, gente importante; a pesar de que iba con una playera sucia de varios colores y unos zapatos viejos.

La señora dijo:

  • ¡Traigan a los peregrinos!

Sacaron en una tabla, muy bien arreglada con foquitos de colores, heno y musgo, a la virgen María montada en un burro y a José jalándolo, Mario los miraba con curiosidad  y escuchó una voz:

  • ¡Falta un niño, para que entre cuatro carguen a los peregrinos!

La señora tomó de la mano a Mario y le dijo:

  • ¡Tú, agarra esta punta! Ya estamos completos, vamos a darle vuelta al patio, cantando la letanía, y regresamos a la casa a pedir la posada!

Comenzaron a caminar, la señora cantaba y todos le contestaban en coro:

  • ¡Virgen Purísima!
  • ¡Te alabamos todos!
  • ¡Madre del redentor!
  • ¡Te alabamos todos!

Mario como tenía la suela de su zapato despegada, se tropezó, al caerse hizo que se cayeran los peregrinos. Hubo gritos de enojo, Mario recibió de patadas en las nalgas, por pendejo. La señora lo sacó del brazo de entre los niños, lo llevó a la puerta, lo echó fuera y atrancó la puerta.

Mario, se sentó en el escalón, las lágrimas le cayeron en sus rodillas, con sus manos se tallaba los ojos, se quitó el zapato, furioso lo aventó por ser el causante de su tragedia, al escuchar el canto de la posada, se tiró de barriga en los escalones, por una rendija de la puerta, miraba fijamente a la gente imaginándose que él estaba ahí.

  • “Entren Santos peregrinos, reciban este rincón…”

Después vio que las personas grandes tomaban algo caliente, los niños con las bolsas de dulces, pegó más el ojo a la puerta, cuando sacaron la piñata vendaron a los ojos a un niño y le cantaban:

  • “Con los ojitos vendados y en la mano un bastón, se le pega a la piñata, sin tenerle compasión, dale, dale, dale, no pierdas el tino, por que si lo pierdes de un palo te empino”

Mario, se emocionó cuando quebraron la piñata, mucha fruta salió de ella y vio cómo los niños peleaban por ganarla.

Se levantó y desesperado tocó la puerta, pero no le abrieron, pensó que por el ruido no lo escuchaban, lo intentó varias veces, pero fue inútil.

Hacía mucho frío, tanto que calaba hasta los huesos y temblando de pies a cabeza, regresó a su casa, dejando el zapato aventado.

Cuando llegó, su mamá agarró el cinturón y se lo iba a sonar, pero Mario le dijo:

  • ¡No me pegue mamacita, mañana me da doble! Hoy estuve en una posada.

Se pasó a su cama y se metió en medio de sus hermanos, buscando calor. Al día siguiente, era 25 de diciembre. Al despertarlo, su mamá se percató que Mario estaba muerto, le había dado pulmonía, pero no se le borró su sonrisa.

Y así como Mario, hay muchos en el mundo.

Cuento dedicado a mis lectores

gatoseco98@yahoo.com.mx