Colombia y su amargura
Es difícil construir la paz cuando las heridas se encuentran a flor de piel y, máxime, cuando en Colombia han pasado más de 50 años de que la guerrilla diera inicio a un momento oscuro de su vida nacional.
Todo era bombo y platillos y parecía que se había perfilado un acuerdo definitivo de paz entre el gobierno colombiano presidido por Juan Manuel Santos y el jefe de las FARC Rodrigo Londoño, ante la solemnidad que le brindaban los jefes de Estado que daban fe del acuerdo.
Pero, el acuerdo también atravesaba por un referéndum en torno a la amnistía de los crímenes y delitos cometidos por el grupo armado. El referéndum sometido a juicio de los colombianos dio un rotundo no a la amnistía, por lo que se derribó aun cuando el acuerdo de paz ya había sido firmado.
Lo paradójico del caso, es que en los departamentos donde la guerrilla no tuvo mayor presencia ni sufrieron por ella, la gente votó no a amnistía de los guerrilleros; mientras que en las poblaciones que vivieron en carne propia la guerrilla se postularon por el sí, es decir, que se otorgara perdón legal a los crímenes y con ello se construyera un nuevo porvenir.
En este trazo, el ex presidente Álvaro Uribe, es el máximo opositor al acuerdo, porque marca una especie de “ni perdón ni olvido”, pero con la obsecuencia del acto, no pensando, necesariamente, en las víctimas debido a las posturas conservadoras de Uribe, las cuales han animado la animadversión de los colombianos y enrarecido el clima del acuerdo, cuestión delicada para la estabilidad del país.
Es evidente que sólo el pueblo de Colombia conoce de primera mano lo vivido en el enfrentamiento que vivió la guerrilla con el gobierno, cuestión que vuelve intrincado el panorama porque las heridas están abiertas y generan condiciones difíciles que responden a un pasado lúgubre, que en definitiva, no habrá de quedar resuelto con el acuerdo de paz.