
LAGUNA DE VOCES
Aseguraba un escritor argentino, que todas las historias ya se han contado en la literatura, que cualquier tema ha sido puesto en letras, que nada es nuevo bajo el sol, pero que también todo resulta nuevo a la luz de cada persona, cada autor, pero fundamentalmente, cada lector.
Es decir que si en un asunto de creación existe la posibilidad de la repetición, que no del plagio, hoy tan de moda, resulta evidente que en el del poder, con tan pocas variantes, y un punto de coincidencia que siempre apunta a la locura cuando un simple ser humano lo asume, la situación se torna aún más predecible, e incluso aburrida.
Todos, infinitamente todos, registran un sustancial cambio en su forma de ser y hacer, cuando son tocados por la bendición o la maldición del poder, según sea el caso, y según las intenciones muy íntimas que persiguen a cada persona. Hay pues un cambio, que tiene como síntoma inaugural la negación del mismo, “yo soy el de siempre, el que todos conocieron y así habré de mantenerme”, para concluir con el título de una canción: “yo soy aquel”.
Y está claro que ya no son los mismos, porque aun cuando los pueda perseguir la mejor de las intenciones, resulta un hecho que dejan de ser para convertirse en otros, en los que de repente son la adoración de sus más cercanos, y los odiados de quienes son lejanos.
Dice el refrán de políticos, que “quien tenga miedo no salga en las noches”, y lo dicen para adelantar al hombre o mujer de poder, que ya investidos del mismo, serán presa de campañas, en su tiempo de anónimos repartidos en hojas volanteadas en la calles, hoy en las redes sociales, donde son igual de anónimos, pero con un efecto multiplicado en un mundo irreal donde pareciera que todo se vale.
Sin embargo el tema, la historia tiende a ser la misma, con la única diferencia de que los escenarios han cambiado, y ya no visten de toga, ni llevan hojas de laureles en la sien. El contenido es idéntico, igual que las intrigas que se generan a su alrededor, y de las que está cierto tiene control, aunque la realidad es que no.
Por supuesto que la peor alternativa es padecer el ejercicio del poder, sufrir apenas se abren los ojos, cuando eso es posible, y rogar para que pasen los años y la pesadilla termine.
En muchos sentidos el poder se goza, y quien diga lo contrario miente. Pero hay formas de gozarlo, es decir que si algunos lo han entendido en la vertiente de que pueden hacer y deshacer a su antojo, sin duda que lo podrán hacer, pero pasado el ciclo del poder, tendrán que padecer las consecuencias toda la vida, digo, cuando la justicia los llega a alcanzar, aunque con un poco de inteligencia regularmente se puede pactar la impunidad.
El poder bien entendido se goza, se disfruta sin duda alguna, pero en el buen camino tiene que ver con llevar a cabo los planes y proyectos que se tuvieron durante muchos años para bien de la comunidad a la que se sirve. Se puede recibir la gratificación de disfrutarlo cuando se ve a ciudadanos que reconocen el trabajo, que agradecen de corazón. Hablo de ciudadanos-ciudadanos, no de turba lisonjera que a cambio pide favores.
Y sí, los temas, las historias son las mismas, pero con la salvedad de que buena parte tienen que ver con el poder mal aplicado, lo que da como origen a verdaderos energúmenos que a toda costa pretenden nunca dejar de serlo, que lamentan hasta el corazón que pasados los años de que fueron lo que fueron, solo los recuerden para el escarnio y la ofensa.
Todas las historias han sido contadas en el asunto del poder, y se repiten hasta la saciedad, pero los hombres de poder y mujeres de poder son otros, para construir tragedias terribles, comedias, o simplemente contar la historia de un ser humano que se esforzó por cumplir su palabra, cumplirse como buena persona. Con eso es suficiente.
Mil gracias, hasta mañana.
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