• Entran y salen gobernantes y las cosas no parecen cambiar la realidad, prevalece una deuda enorme con las necesidades de su población. Por ello es importante recobrar el pasado pero fundamentalmente para analizar críticamente el presente y mirar hacia el futuro
El próximo miércoles el Estado de Hidalgo cumplirá 150 años como entidad “libre y autónoma”. La efeméride no puede dejarnos pasivos, son un siglo y medio de años y nos remite a una obligada reflexión sobre el desarrollo, el pasado, presente y futuro de este estado. Las elecciones de 2018 trajeron novedades en la recomposición de fuerzas políticas pero no hay garantías de que el panorama socioeconómico cambie a fondo.
Entran y salen gobernantes y las cosas no parecen cambiar la realidad, prevalece una deuda enorme con las necesidades de su población. Por ello es importante recobrar el pasado pero fundamentalmente para analizar críticamente el presente y mirar hacia el futuro. Creado el 16 de enero de 1869, en la época en que el país vivía condiciones de fragilidad y precariedad política en tiempo del Presidente Juárez, quien hizo esfuerzos mayúsculos por organizar la república liberal y evitar el caos y la autarquía.
Cuando se constituyó el Estado de Hidalgo, México apenas dejaba de ser un territorio de súbditos, con derechos políticos restringidos, que sólo ejercían las elites y donde el voto y los procesos electorales aún no se practicaban completamente, a pesar de estar ya establecidos en la Constitución federal de 1857. Luego del primer gobernador provisional Juan C. Doria, y el primer gobernante constitucional Antonio Tagle en 1870 a la actualidad con Omar Fayad Meneses en 2016, la entidad ha tenido 32 gobernadores electos en comicios constitucionales.
Los rasgos y perfiles socioeconómicos y políticos del estado se deben encontrar en su origen histórico. El predominio del poder económico (terratenientes, hacendados y rancheros) en el siglo XIX fue decisivo en las regiones rurales hidalguenses, junto a ellos y bajo su yugo una masa abundante y desposeída de campesinos e indígenas quiénes no tenían derechos políticos.
La formación de estructuras políticas fue otro rasgo característico que se derivó a partir de la llegada de Porfirio Díaz al poder en 1876, y de su larga permanencia en el gobierno. Con el Plan de Tuxtepec llegaron al poder en el estado de Hidalgo grupos de ideología republicana y liberal como Rafael Cravioto Moreno, quién no pudo sustraerse a las formas políticas dominantes de la época, y conformó un largo control político iniciando la era del caciquismo y caudillismo local. Los hidalguenses supeditados, no conocerían los derechos políticos plenos hasta después de la Revolución mexicana y el inicio de la etapa constitucionalista de 1917.
En la etapa de 1917 a 1929, los grupos políticos emanados de la Revolución Mexicana, se enfrascaron en una fuerte pugna por el control político de la entidad, de la misma manera que aconteció en todo el país. Desde la gubernatura de Nicolás Flores hasta la elección de Bartolomé Vargas Lugo, pasando por Amado Azuara y Matías Rodríguez, las rivalidades políticas no solo se dieron en el campo de las ideas sino principalmente a punta de balazos y donde la violencia política era auspiciada por la lucha faccionalista y los cacicazgos regionales. Ante la dispersión de grupos políticos y la extensión de pequeños “partidos locales”, en medio de la crisis ocasionada por el magnicidio del reelecto Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles convocó a la “unidad revolucionaria” y la formación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), antecedente del PRI, y con ello se estableció uno de los pilares del sistema político mexicano.
Durante todo el siglo XX se vivió un sistema de partido único, que en México permaneció hasta el año 2000, en que sobre todo en los últimos años se fue renunciando a las políticas sociales emanadas de la revolución mexicana y ha “importar” y copiar modelos que impactaron fuertemente las condiciones sociales.
Hidalgo forma parte del puñado de estados que no han tenido alternancia política, es decir ha sido gobernado por el mismo partido en 90 años; en este largo periodo la pobreza y la exclusión son los signos de una vergonzante desigualdad donde la ineficacia y la corrupción son las huellas inequívocas de gobiernos rapaces que han dejado una débil institucionalidad y una cultura clientelar y patrimonialista, de baja participación y democracia frágil. En 2018 como parte de un efecto de arrastre del voto existe una nueva correlación de fuerzas, pero aún está por verse el alcance de esta nueva etapa política. Estos 150 años son una oportunidad para recuperar la memoria de pueblos, municipios y comunidades que han resistido el autoritarismo. Salud y vida para los hidalguenses.