Home Nuestra Palabra De fútbol y fanatismo

De fútbol y fanatismo

0
De fútbol y fanatismo

El mercadólogo

Soy queretano. Pero, además, soy fiel seguidor de los Gallos Blancos de Querétaro. Celebré cuando ganaron la Copa en penaltis ante las Chivas, y me dolió cuando descendieron en 2007, en el último partido del torneo, que perdieron ante el Atlas. Precisamente por eso, me causan aún más vergüenza y rabia todas y cada una de las imágenes que he visto durante este fin de semana en el estadio de La Corregidora. Ese estadio al que me llevaba mi papá cuando era niño, junto con mis hermanos y mi mamá, y al que más de una vez he llevado a mi hijo y a mi mujer.

Vergüenza, porque llevo muchos años viviendo fuera de mi ciudad, contándole a la gente de mi entorno acerca de mi ciudad y mi equipo de fútbol; pero ahora todo lo que pueda contar se ve empañado por esa gente invadiendo el campo para no ser golpeados. Rabia, porque, aunque el discurso que estoy escuchando es que los queretanos no somos así, que solo son unos cuántos energúmenos, no puedo dejar de ver el nombre de mi ciudad en esas camisetas dando patadas o tirando sillas.

Es cierto: no todos los queretanos somos así. Ni todos los aficionados de los Gallos somos así. Tan cierto como que no todos los «jarochos» son «malhablados», ni que todos los «chilangos» son «maleducados», ni que todos los regiomontanos son «codos». Estas generalizaciones, tan falsas como manidas, solo sirven para generar prejuicios contra un colectivo. Al hablar de queretanos, «jarochos», «chilangos» o «regiomontanos», creamos un grupo completamente heterogéneo, donde seguro muchos de sus integrantes no tienen nada en común con los demás, si acaso su lugar de nacimiento.

Pero, tristemente, muchos de los protagonistas de las «imágenes de la vergüenza» son queretanos. Y, los que no participamos en la trifulca, nos defendemos definiéndolos como «unos cuantos energúmenos». Así, aunque tengamos alguna característica en común, ponemos distancia entre sus acciones y las nuestras. Nos quitamos responsabilidades, ya que han sido otros los que han manchado el escudo, la camiseta y el estadio de la institución que nos representa en el deporte más popular del país.

También perdemos la oportunidad de hacer autocrítica, ya que han sido otros, siempre otros, nunca nosotros. No nos damos cuenta, o no nos queremos dar cuenta, de que estos energúmenos simplemente han cruzado una línea más en la escalada de la cultura de la violencia que nos rodea. Sí, se han comportado como unos salvajes, y no tienen ninguna justificación. Lo han hecho solo unos metros más allá de donde se sitúan los mismos que, sin participar en la pelea, en ese mismo estadio o en otros, se dedican los 90 minutos del partido a insultar. Ya sea al equipo rival, al árbitro, o a veces hasta a los propios jugadores, da igual. Lo importante es insultar, lanzar odio, denigrar, hacer sentir mal al de enfrente.

No muy lejos tampoco de los que, aprovechando que llevan las ventanillas subidas, lanzan toda suerte de improperios al que le cerró el paso, le adelantó en el semáforo, no le dejó pasar o cualquier otra acción que consideramos digna merecedora de nuestro odio. Descargamos la rabia contenida de un mal día contra el empleado detrás de la ventanilla o del teléfono, que simplemente está haciendo su trabajo.

Enseñamos a nuestros hijos a defenderse, que no está mal, pero les decimos que lo hagan con violencia, pegando, como si fuera la única manera de llegar a un acuerdo. Y si no nos hacen caso, una «nalgada a tiempo», para que vea quién manda. Amenazamos con pegar, con agredir, cuando nos quedamos sin argumentos. Normalizamos la violencia en nuestra vida, justificamos que los demás la utilicen, pensamos que es la única forma de resolver los conflictos.

Desde aquí, como lo que soy: un queretano avergonzado, pido perdón por todo lo acontecido en el estadio de mi ciudad. E invito a todo aquel que me lea a que intente erradicar la violencia en cualquiera de sus expresiones, por el bien de nuestra convivencia.