
EL FARO
Muy pocas personas he conocido en Pachuca que sean aficionadas al tenis internacional. Otros deportes son mucho más populares y arrastran masas en su seguimiento. Sin embargo, el deportista suizo ha sido durante toda esta semana noticia importante en todo el mundo.
En la Laver Cup se ha retirado la semana pasada Roger Federer. Con 41 años ya no volverá a jugar de manera profesional. Ha sido uno de los grandes jugadores masculinos de este deporte. Elegante, caballeroso, increíble en muchos de sus golpes. También un adalid en la defensa de los derechos de los jugadores frente a los inmensos intereses económicos que rodean al tenis profesional. Es muy difícil comparar a los mejores deportistas en diferentes disciplinas, pero lo que sí queda claro en el caso de Federer es que pertenece ya a la más grande historia del tenis masculino.
Tras tres años de dificultades con su rodilla, decide retirarse de la cancha. Jugó un partido de dobles, en un partido oficial de torneo y con su amigo Rafael Nadal. Hasta aquí es adonde queríamos llegar. No se quiso retirar en rueda de prensa o mediante un comunicado cortés. Lo hizo en partido real, en torneo oficial y jugando con quien en su momento fue su rival acérrimo y actualmente es un amigo personal. Caso extraño.
Vivimos en un mundo de rapidez y de competencia. Los deportistas queman etapas de su vida teniendo como horizonte de juego su juventud. Se busca que aparezcan jóvenes promesas, que cada vez ganen algo importante con menor edad, que firmen contratos millonarios con multinacionales, que cuanto antes tengan una pareja hermosa que dé más juego a las publicaciones. Si a este guión le añadimos un rival que convierta los encuentros en competencias históricas, con actitudes y gestos noticiables y con declaraciones rimbombantes, está servido el dinero.
Federer era el jugador dominante hasta que apareció un joven y potente Rafa Nadal. Los encuentros entre ellos se convirtieron en auténticos espectáculos del deporte. Pero nunca, entre ellos, un mal gesto, una mala cara ni una sospecha de nada. Siempre atentos, considerados, respetuosos con el oponente, con el público, con el árbitro y con el deporte en sí mismo. Cuando ganaban, reconocían a su oponente, cuando perdían no había excusas porque el oponente había sido mejor. Cuando alguno de los dos estaba desconsolado por la derrota tenía en el otro un consuelo y apoyo. Los dos juntos se acompañaron en el último partido. Ambos lloraron y lo sintieron al mismo tiempo.
La despedida de Federer se presta como oportunidad de consideración de cómo la vida puede llevarse al deporte y de cómo el deporte puede ilustrarnos para la vida. Aunque tengamos enfrente personas que luchen por lo mismo que nosotros no las identificamos como enemigos, nunca se merecen desprecio ni falta de respeto. Tener consideración hacia los demás nos engrandece y les conserva su propia dignidad. Lo que los demás nos enseñan, lo que nos permiten crecer a nosotros mismos, los que nos estimulan a crecer son bienes que permanecen en la profundidad de la naturaleza humana.
Además de lo bello de su juego y de la calidad de su trato, este suizo deja en la historia la gentileza y el respeto hacia los demás. Muy diferente a la celeridad y a la competencia a la que estamos acostumbrados en nuestras vidas cotidianas. Del yo al nosotros a través de una cátedra de sencillez.