El Gobernador y yo: don Jorge Rojo Lugo
Entre abril y septiembre de 1975, la población del estado era una vorágine de activismo político en todos sus flancos: corrientes, grupos y hasta familias, principalmente dentro del partido dominante. El gobierno provisional de Raúl Lozano no quiso, o no pudo, sentar las bases para la reconciliación. Aunque tuvo su propio gabinete, así como renovados poderes Legislativo y Judicial, no se advirtió la voluntad de recomponer el rompecabezas cuyo orden se alteró definitivamente con motivo de la desaparición de poderes.
Considero necesario reiterar que el principal recurso metodológico que orienta las presentes líneas, es la memoria; lo que aquí consigno, es exclusivamente mi opinión, subjetiva… sin aspirar al rango de norma universal. Acepto las críticas, así como todo tipo de diferencias, filias, fobias y coincidencias.
Durante el gobierno provisional en el entonces Distrito Federal, y en todos los puntos cardinales del mapa local, se sentía el proselitismo de quienes aspiraban a participar en el nuevo proceso electoral que, por ley, tenía que celebrarse en breve lapso, ya que la ausencia definitiva del Titular del Ejecutivo, ocurrió antes de cumplir dos años en el cargo: Humberto Lugo Gil, Jorge Rojo Lugo, Germán Corona del Rosal, Óscar Bravo Santos, Estela Rojas de Soto… eran reales prospectos, cada uno con diferentes apoyos. En la opinión pública, con fundamento o sin él, circulaba la versión de que las relaciones personales entre la dinastía serrana y la casa Huichapan, distaban mucho de ser cordiales, fuera del ámbito estrictamente político, pero también era notorio el distanciamiento entre el echeverriato y el sanchezvitismo. Así, a nadie sorprendió la decisión: el licenciado Jorge Rojo Lugo, titular de la Banca Oficial Agropecuaria, de gira por Europa, tuvo que regresar intempestivamente para responder al llamado del Presidente de la República, quien, por conducto de la dirigencia nacional del PRI, le hacía saber que tendría que reincorporarse a su estado natal, encabezar la candidatura al Gobierno y concluir el sexenio que inició el doctor. Otoniel Miranda.
Rojo Lugo, después de cumplir el ritual de la recepción en Tizayuca y de agotar todos los pasos estatutarios del partido y sus sectores, irrumpió en el convulso escenario con un alentador mensaje de reconciliación. Debo decir otra vez, que en la cúpula se dirimían las controversias de manera civilizada, pero “los de a pie” rumiábamos dudas y rencillas, después de la violenta toma del palacio de gobierno y de las oficinas del Partido Revolucionario Institucional. Desde luego, no participé directamente en todos los actos de campaña, pero, por oficiosa curiosidad, hacía acto de presencia en algunos.
Permítaseme relatar una anécdota que tiempo después me traería involuntarias consecuencias: A invitación de algunos amigos, siendo director del Cecyt de Actopan, acudí a la recepción que se daba al candidato, en la cabecera municipal de El Arenal. En ese lugar, mi colaborador, Pepe Olguín, me presentó a una pareja de “periodistas” que intentaba colarse a los beneficios del “chayote” institucional, con la clásica estrategia de publicar un periodiquito que se extinguiría una vez concluida la jornada partidista. Así, por mera cordialidad circunstancial, saludé a los “comunicadores” pero, para mi desgracia, tomó nota de tal saludo un personaje de leyenda en ese municipio y en toda la región: Tobías Cruz Esparza, hombre cercanísimo al licenciado Javier Rojo Gómez y, por lo tanto, a su hijo Jorge. Ocupaba lugares preferentes donde quiera que hacía acto de presencia; tenía fama de bragado y violento. De manera oportunista, el “periodiquito” le dedicó varias primeras planas, sin más fundamento que los dimes y diretes propios de su controvertida personalidad; se le acusaba de reales o supuestos hechos delictivos que acaecieron décadas atrás. Seguramente con la ayuda de mis malquerientes, don Tobías llegó a la “conclusión” de que mi pluma estaba detrás de esos furibundos ataques. Por azares de la vida, aquél que tiene cierta facilidad para escribir, es “responsable” de cuanto pasquín circule de manera anónima. Yo no fui ni he sido la excepción; siempre se me cargan muertos que no he matado. Pero esa es otra historia a la que volveré después.
Conocedor del estado y de sus grupos, poseedor de un innato don de gente y excepcional empatía, Rojo Lugo recorrió los municipios en triunfal reencuentro con los amigos y beneficiarios de su padre, quien fuera gobernador del Estado, líder de la CNC, regente de la Ciudad de México, siempre hidalguense distinguido, con “un compadre en cada pueblo”. Estuvo muy cerca de obtener la candidatura a la Presidencia de la República pero, por decisión de última hora no llegó. En una actitud de institucional disciplina, dio a conocer el programa que pondría en práctica en caso de alcanzar la suprema magistratura. Discreto, se retiró a la vida privada, hasta que el Presidente Ruiz Cortínez lo llamó para investirlo como Embajador en Japón*, después fue gobernador en el territorio de Quintana Roo, ratificado por Luis Echeverría. Enfermo de grave complicación pulmonar, después de una intensa gira de trabajo, falleció en ejercicio de su importante responsabilidad como servidor público.
La estirpe de Rojo Lugo no generaba conflicto alguno, al contrario, fue factor de unidad desde el primer momento; a ello le ayudó la activa y carismática presencia de su esposa: doña Silvia García de Alba de Rojo Lugo.
El gobierno de Rojo, forzosamente tiene que dividirse en dos partes: la primera dio principio con su toma de protesta y terminó con su incorporación a la Secretaría de la Reforma Agraria. En este lapso se dio el interinato del militar José Luis Suárez Molina. La segunda, comenzó con su reincorporación al Gobierno del Estado y terminó con la entrega al nuevo gobernador: Guillermo Rossell de la Lama.
Al llegar al palacio de gobierno, por primera vez, la Cámara de Diputados y el Tribunal Superior de Justicia estaban recientemente renovados; en el Poder Ejecutivo tuvieron espacios preferentes, políticos, en su mayoría, jóvenes con diferentes orígenes familiares o de grupo; entre otros: Rubén Licona Rivemar, Octavio Soto Martínez, Pedro Flores Hernández, Venancio Contreras Plata, Dionicio Reyes, Rafael Lagos, Ladislao Castillo, Jorge Duarte Córdova, Adolfo Castelán y muchos otros. La presencia de la Universidad se dio en la persona del licenciado Adalberto Chávez Bustos, y de los aún muy jóvenes Aurelio Marín Huaso y Gerardo Sosa Castelán.
*Nota.- Rojo Gómez tenía la inquietud personal de visitar Japón; por institucionalidad; comunicó su propósito a don Adolfo Ruiz Cortínez. Enterado de su propósito, el primer mandatario de la nación le dijo: “Dónde va Rojo Gómez, va México” y, sin más, lo nombró Embajador.