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El Gobernador y yo. La Transición: Raúl Lozano Ramírez-Jorge Rojo Lugo

En casi todas las cosmogonías, se dice que los dioses descienden de su celestial morada para recibir el homenaje y la sumisión de sus diferentes pueblos, sin más mérito que pertenecer a la divinidad, en cualquiera de sus personificaciones. De manera similar, en Hidalgo, era tradición que el Partido y la clase política se trasladaran a los límites territoriales al sur de la entidad, por la región de Tizayuca, para recibir al nuevo ungido, quien normalmente llegaba procedente de la Ciudad de México, en donde su carrera política adquiría la fuerza necesaria para bordar los arcos triunfales del regreso a su tierra. 

Algo así debió ocurrir con el Licenciado Lozano, dueño de una impresionante carrera en la política y en las leyes. Como ya dije, a este personaje lo conocí sólo por sus fotografías en la prensa; si alguna vez lo vi, en persona, no lo recuerdo, aunque en mi paso por la administración pública, tuve oportunidad de trabajar con dos cercanos parientes del, para entonces, ex gobernador: el Lic. Francisco Lozano Degollado y el C.P. Horacio Ramírez Reyes y Orduña; los dos, poseedores de un alto profesionalismo y una ética a toda prueba. Después de muchos años, ambos me honran con su amistad.

De manera voluntaria, me retiré del mundanal ruido de la política; me refugié en la docencia y las relaciones públicas, en el seno del Instituto Tecnológico de Pachuca. Aun así, semi enclaustrado, las noticias del caos que se desataba en todo el territorio hidalguense llegaban, un día sí y otro también: enfrentamientos, disgustos, divisiones entre grupos y aún familias, estigmatización de los “sanchezvitistas” y glorificación de “los buenos”. Los cargos en renovados espacios se otorgaban a personajes desconocidos quienes, ante la oportunidad, se acordaban de sus raíces presuntamente hidalguenses y acudían presurosos al reparto de prebendas. Así, después de la desaparición constitucional, los tres poderes resurgían de sus cenizas; junto al Ejecutivo se erigieron: una nueva Legislatura y un diferente Tribunal Superior de Justicia.

Las relaciones de mi compadre, Ing. Adalberto Rueda Ramos, en los altos niveles de la Secretaría de Educación Pública Federal, lograron para mí, la Dirección del Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos no. 276, que nacía por decreto del Presidente Luis Echeverría Álvarez, en la ciudad de Actopan. La importante institución, en ese tiempo solamente existía en el papel. En alianza con personajes locales, trabajamos en el proceso de su fundación en la realidad: adquisición del terreno; trámites ante el CAPCE para la construcción de aulas, talleres y laboratorios; diseño académico de planes y programas, de acuerdo con los perfiles profesionales que se ofrecerían, etcétera. Así pasaron los cinco meses del gobierno provisional de Raúl Lozano y el advenimiento de la poderosa personalidad de un distinguido miembro del Grupo Huichapan: el Lic. Jorge Rojo Lugo.

Para entonces, algún periodiquito, de esos que surgen y desaparecen sin pena y sin gloria, me invitó a escribir en sus páginas; acepté, de manera irresponsable. Se publicaron algunos artículos con mi firma, de cuyos títulos y contenidos, no quiero acordarme. 

En calidad de “periodista”, estuve presente en la toma de protesta del Licenciado Rojo, como candidato; recuerdo con nítida claridad alguna frase de su discurso: “Lo pasado, pasado; no volvamos los ojos hacia atrás, cuando tenemos todo un futuro por delante”. La voz académica del liberal mexicano, Don Jesús Reyes Heroles, entonces Presidente del CEN del PRI, se escuchó con un metafórico mensaje: “Dar gran lanzada a moro muerto, no es signo de caballerosidad”. El llamado a la reconciliación se daba y se escuchaba en las altas esferas, pero abajo, las confrontaciones seguían, los ánimos continuaban encendidos.

Desde el principio, la carismática figura de Rojo Lugo, heredera de la histórica y patriarcal efigie de Don Javier Rojo Gómez, poco a poco nos hacían entender que terminaba la etapa vengativa para iniciar, en serio, la unidad. El poder que los hombres de La Sierra tuvieron durante algún tiempo, regresó al El Valle; a manos de quienes representaban la corriente más poderosa y tradicional, la cual siempre tuvo latentes lealtades en todo el territorio estatal, gracias a lo que algún sociólogo denominó “La estructura de la amistad”. 

La campaña comenzó con la misma planeación que implantó el Dr. Miranda. El Delegado General del PRI, Luis de Toro Calero y el Subdelegado Manuel Garza González “El Meme”, con afilado colmillo actualizaban diariamente la continuidad de los grupos triunfantes; la asimilación de nuevos y la segregación definitiva de otros. En ese esquema, mi amigo, el Profr. Hernán Mercado Pérez, me dijo: “-Vé a ver al Meme, ya le hablé de ti, te espera; debes incorporarte a las labores del PRI”; así lo hice. Garza me recibió con su proverbial amabilidad de político profesional; me dijo: “-Dígame, quién es Usted”; en pocas palabras, le hice un pormenor de mi actividad al lado del Maestro Sánchez Vite y mi participación en la campaña de mi amigo, el Médico. “-No debo engañarlo, Señor, le dije; -Mi participación fue destacada y mi imagen aparece muy ligada al sanchezvitismo; si así le sirvo, estoy a sus órdenes”. -“No se suicide, amigo, prosiguió… Hay momentos para tirar cohetes y hay otros para recoger varitas… Usted es muy joven, estoy seguro de que pronto habrá de servirle al Partido, pero este no es su tiempo”. “-Le agradezco, Señor Subdelegado; vine porque Usted me llamó, pero entiendo lo que me dice”. Acto seguido, me regresé a administrar mi naciente escuela, mirando desde lejos a quienes serían personajes centrales durante la fuerte presencia del hombre de Huichapan.