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Especulación sobre Maximiliano

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A Rodolfo, príncipe coronado de Austria y Hungría, le gustaban las mujeres con mofletes pronunciados. Rodolfo estaba casado con Estefanía de Bélgica, hija del infame rey Leopoldo II, que tiraba más bien a fea: tenía los ojos hundidos, el pelo ralo y la nariz colgada. No hay por qué confiar en mi palabra: su retrato de boda es fácil de encontrar en Internet. Era un poco más que pobre de cejas y tenía unos cachetes prominentes a pesar de ser, para el estándar de su tiempo —y el catálogo de amantes de su marido— una mujer delgada.

 

El príncipe coronado tuvo dos amantes de las que sobreviven retratos. La de toda la vida era la actriz Mitzi Kaspar: toda cachetes, al menos en la única pintura al óleo que se le hizo en vida. La otra, la baronesa Mary Vetsera, calificaría en nuestra era —y tal vez también en la suya— como una mujer francamente rolliza. El 30 de enero de 1889 ambos se mataron de un tiro tras hacer un pacto suicida que tal vez tuviera más que ver con los desequilibrios del príncipe, que con una historia de amor que de verdad valiera sangre.

La muerte escandalosa del príncipe Coronado de Austria y Hungría no tendría más mérito que su ímpetu novelesco, de no haber sido porque sirvió a los nacionalistas y anarquistas centroeuropeos del periodo como prueba irrefutable de que lo que quedaba del Sacro Imperio estaba gobernado por una familia de degenerados, a los que había que cargarse a la brava. El suicidio de Rodolfo quebró la línea real y la corona de Francisco José I tuvo que desviarse hacia un primo con tifo, cuyo hijo terminó siendo heredero de un trono que no estaba preparado para recibir. El chico era el archiduque Francisco Fernando y su asesinato, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, marcó el fin de un mundo horrible y el principio de otro aún peor.

 

Nada de esto hubiera sucedido, o habría sucedido con actores distintos, si el 19 de junio de 1867, Benito Juárez se hubiera despertado en ánimo clemente. Si en lugar de dar la orden de fusilar a Maximiliano de Habsburgo, segundo emperador de México, hubiera atendido a la petición de magnanimidad que le había enviado Víctor Hugo y lo hubiera dejado volver a Europa, donde ya lo esperaba su mujer. Tampoco habría sucedido si Napoleón III no hubiera asumido su derrota mexicana y hubiera dejado a su ejército peleando esa guerra tan encarnizada y bien ganada por el “underdog” a la que José Emilio Pacheco llamaba “el Vietnam del siglo XIX”. Si eso hubiera pasado, si Napoleón III no hubiera abandonado a “Maxi” a su suerte, el emperador de México habría resistido un poco más en Chapultepec. Tal vez los fragores de la guerra le habrían dado el ímpetu que necesitaba para hacerle un hijo a Carlota y ese niño habría figurado mejor en la imaginación local: habría sido un heredero al trono imperial nacido en México. Juárez iba a derrotar, tarde o temprano, a Maximiliano, pero tal vez ese hijo suyo, ese “habsburguito” mexicano, lo hubiera movido a la clemencia y habría permitido que su familia se regresara a Viena si prometía dejar de dar lata.

Maximiliano era el único hermano de Francisco José I, emperador de Austria y Hungría. Aunque al aceptar “Max” la corona de México había renunciado a sus derechos europeos, un hijo suyo y de la emperatriz Carlota habría sido el heredero del Sacro Imperio tras el suicidio un poco idiota de Rodolfo, príncipe coronado. Habría sido él y no Francisco Fernando el que se hubiera estado paseando por Sarajevo la mañana brutal del 28 de junio de 1914.

Entonces la corona de Carlos I de España, conquistador de México, se habría esfumado de la historia cayendo de la cabeza de un niño nacido, precisamente, en Chapultepec. Habría sido un mexicano el que habría desatado la mayor balacera de todos los tiempos. Las cosas redondas, como debieron ser.