Home Nuestra Palabra En cuanto a corrupción, hoy prácticamente nadie piensa que pueda darse un cambio real y de fondo en lo que resta de la administración.

En cuanto a corrupción, hoy prácticamente nadie piensa que pueda darse un cambio real y de fondo en lo que resta de la administración.

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Relanzar el sexenio      

El tiempo político transcurre inexorablemente. Hace sólo cuatro meses, ante la crisis derivada de la tragedia de Ayotzinapa, en este espacio se planteó (Crisis institucional y elecciones 2015, diciembre 2014) que la única salida para la crisis podía darse en la elección de junio 7. Se veía lejana pero, no sin problemas, ya estamos ahí. México vivirá muchas vicisitudes antes, durante, y después de dicha elección, pero para julio la mitad del sexenio del Presidente Peña Nieto habrá quedado atrás.

 

Es probable que la elección refleje un voto de castigo para el PRI, pero que sin embargo alcance la mayoría relativa, lo que, con alianzas y negociaciones, le permitiría, con la nueva legislatura, configurar una estrategia para la segunda mitad de la administración.

Es inevitable y deseable relanzar la administración de Peña Nieto. La pregunta relevante es, ¿hacia dónde y cómo? Esto implica pensar en grande y estratégicamente, no calibrar aspectos de la gestión política, económica y administrativa. Se trataría de pensar qué hacer y cómo, para inyectar a la administración oxígeno suficiente para que transite hasta noviembre de 2018.

En lo económico, el país padece de expectativas esquizofrénicas, un día producto de un optimismo gubernamental desbordado, que al siguiente se contrarresta con pronunciamientos negativos sobre el futuro. El mejor ejemplo de lo último son los “Pre Criterios de Política Económica” que la SHCP envió a la Cámara de Diputados la semana pasada. Mucha tinta se ha derramado acerca de ese documento, sin ganar nada.

En materia de seguridad, hay claroscuros que se replantean a diario en función de las estadísticas del Inegi o de los eventos de violencia que se viven. En corrupción, el país va a salto de mata. Hoy prácticamente nadie piensa que pueda darse un cambio real y de fondo en lo que resta de la administración. No se ve la capacidad para hacerlo, y mucho menos la voluntad.

En lo internacional prevalece un hiperactivismo en busca de agenda, con resultados efímeros, en el mejor de los casos. Perdura el dictum de que la política exterior puede llegar sólo hasta donde llega la del país. Agotada la agenda inicial de reformas, sin estrategia de seguridad, inmerso en escándalos de corrupción, carente de un impulso renovador de su democracia, no hay manera de forjar una política exterior que reposicione de fondo a México en el ámbito internacional.

 

El relanzamiento del sexenio es ineludible. ¿Hacia dónde? ¿Cuáles son los pendientes principales? Primero, una reforma fiscal integral, que abarque no sólo el ingreso y el gasto del gobierno federal, sino también de los gobierno estatales y municipales, así como de la seguridad social. La insuficiencia de las costosas medidas fiscales de 2013 quedó en evidencia ante la caída del precio del petróleo. Debido a su insuficiente efecto recaudatorio, las finanzas públicas siguen petrolizadas, dolencia que se magnifica por el error de haber mantenido a Pemex y a CFE en el Presupuesto de Egresos de la Federación. Segundo, la disfuncionalidad del federalismo mexicano es cada vez más grave. De no corregirse, es imposible avanzar en la implementación de la reforma educativa, de una estrategia de seguridad efectiva, de un gobierno democrático, transparente y eficaz, ni aspirar a mejorar la salud de los mexicanos.

Tercero, en materia de corrupción sólo queda aplicar la ley, todos los días y en todas las circunstancias, a fin de iniciar la recuperación de una vida en Estado de derecho. Cuarto, hay que reconocer y atender la crisis en materia de pensiones, para aminorar los estragos que causará su explosión en pocos años, y el reclamo airado de los mexicanos.

Ojalá el país se ocupe más en pensar mejor los términos para relanzar y salvar esta administración.