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“El Tarzán”: cuando no se puede escapar al destino

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“El Tarzán”: cuando no se puede escapar al destino

RETRATOS HABLADOS

Igual que Javier Lira Puchet, “El Tarzán”, personaje central de la novela “Lo de Antes” de Luis Spota, muy posiblemente una buena parte de los que esperaron con ansiedad pasara la pandemia del Covid-19 para salir a la calle, y demostrar que su nueva normalidad era la de una persona reformada, humana, sensible al dolor ajeno, a la vuelta de la esquina se encontraron con la eterna y antigua realidad en que simplemente debían echar mano de lo que se les cruzara en el camino y así enfrentar un mundo que no tiene remedio, y mucho menos espacio para los que creyeron ser redimidos por el simple hecho de estar encerrados casi medio año.

“El Tarzán” sale de la cárcel luego de purgar su condena por haber sido un ladrón. Pero no es un ex convicto cualquiera: tiene la decisión absoluta de reformarse, de no volver a delinquir y dedicar todo a su familia, su esposa, una hija enferma y otra en  camino.

No pasará mucho tiempo para darse cuenta que el salario que recibe como empleado de un banco no le alcanza, y el encuentro con un ex colega de atracos lo lleva a pensar que robar a una institución crediticia como la que lo emplea será un simple acto de justicia. A última hora se arrepiente pero queda en la mira de un policía corrupto que participó en su captura, esa ocasión que fue a parar hasta las Islas Marías.

En días, en horas, el compromiso de “El Tarzán” para que su vida pasada quedara en eso, en el pasado, se desvanece. Ya no es que quiera o no reformarse, es que ya no puede. Por eso la novela lleva por nombre “Lo de Antes”, porque la realidad, la simple realidad, lo regresa a eso, a “lo de antes”, a ser el engranaje de una sociedad que no camina sin que cada cual cumpla el papel que le fue asignado quién sabe desde qué momento o instante.

Igual que Javier Lira Puchet, miles, millones al menos tuvieron la intención de esperar que terminara el encierro para demostrar, en los hechos, que habían cambiado, que aprendieron y se dieron cuenta que estaban en el error, que solo necesitaban estos meses de enclaustramiento para entender que era posible caminar por nuevos senderos plenos de bondad, honestidad y amor absoluto por sus semejantes.

Y sí, vimos por semanas, incluso meses, que en muchos rostros resplandecían de buenas intenciones, inclinación por la bondad, la empatía, la solidaridad con sus semejantes.

Pero un día cualquiera y hasta sin darnos cuenta, empezamos a ser los de siempre, los de antes, los que sin duda le intentaron, hicieron todo lo humanamente posible para cambiar y contribuir a dar vida a una nueva humanidad.

Sin embargo la realidad es la misma a la que se enfrentó “El Tarzán”, esa con personajes como el policía corrupto que se permite leerle la letanía del mundo real donde no caben los arrepentidos, donde una golpiza de la vida endereza (o enchueca para siempre) al que pretendía ser ejemplo de rectitud y bondad.

Lira Puchet dijo y juró que terminada su condena en el encierro, saldría para dar testimonio de que es posible cambiar, y empezar a mirar con otros ojos el mundo, y esos ojos debían ser los de la sinceridad, la honestidad, el corazón por delante en todo.

Pero “El Tarzán” nunca pudo escapar a su destino, a su suerte, a “lo de antes”. Nosotros… tampoco.

Mil gracias, hasta el lunes.

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