“Odiar, es como tomar veneno
para que muera nuestro enemigo”.
Siddharta Gautama.
¿Qué harían los parásitos si tuvieran conciencia de que al matar al organismo que lo nutre se condenan a morir también? La respuesta es difícil, porque esos seres, del tamaño que sean, carecen de libre albedrío; no pueden elegir entre comer y no comer; su conducta está determinada por las inmutables leyes de la naturaleza.
La realidad política es diferente en su esencia y en sus consecuencias. Los griegos (Ikram Antaki dixit), miraban hacia el pasado, como inspiración, más que hacia el futuro como aspiración. Ignorar el porvenir para ser depredadores en el presente, es el principio del fin; el camino más seguro para llegar al tristísimo e irreversible acto de morir por propia mano.
En un ambiente como el que nos toca vivir en la actualidad, cada vez se contamina más el ambiente “informativo”. Paradójicamente, por falta de información proliferan los rumores perversos.
Odiar al gobierno y a los titulares de sus diversos órganos, es la enfermedad de moda. El chiste grosero, la mofa ofensiva, el video “arreglado”, la magnificación de errores circula y se recicla. Aparentemente busca la inocente hilaridad popular, pero el efecto social es más profundo. El proceso irreversible en las instituciones y las, antes intocables, investiduras, de los funcionarios en los órdenes y poderes del Gobierno, que tienen como fuente el voto popular, deteriora, mina, destruye, mata lentamente a un sistema que, bien o mal, es creador de un México con problemas pero, todavía, políticamente estable.
Pretextos sobran, muchos de ellos risibles, baladíes, frívolos, como el caso de las calcetas presidenciales; otros dolorosos, injustificables, en los cuales nadie con tres centímetros de frente puede, lógicamente, sostener hipótesis de vida, si no es con el premeditado fin de prolongar las inconformidades desestabilizantes e, ingenuamente, propiciar el arribo al poder de un mesiánico demagogo tropical: perverso, ambicioso y con ganas de creer, aunque sabe que nunca será Presidente de la República.
La internacionalización del desprestigio se busca todos los días por diferentes medios y anónimas fuentes de financiamiento. Prevalece una interpretación maniquea de héroes y villanos: “los desaparecidos, son blancas palomas víctimas de un Estado represor”. No hay más culpable que el titular del Ejecutivo, aunque sea del dominio público: dónde, cuándo, por qué y gracias a quien se engendraron las causas y se propiciaron las consecuencias de la tragedia.
La desinformación crónica, producto de nuestro deficiente y acrítico sistema educativo, lleva a situaciones tan absurdas como la que aquí relato: una indignada radioescucha, en supuesta defensa de los intereses de los “padres” de los cuarenta y tres, realizó una llamada al conductor de un programa de análisis. Su vociferante reclamo era ¿Por qué no se hizo pública la reciente reunión con el Presidente? Con beatífica paciencia el hombre del micrófono contestó que la reunión fue privada a petición de los propios interesados. Aún así “El Estado es el culpable”. Quien no lo considera así es un corrupto, cómplice del régimen.
Quede claro: no niego que se cometan errores, como en todos los gobiernos del mundo, pero, en el México presente, es necesario despojarnos de los odios, prejuicios y otras basuras del alma, para juzgar con objetividad lo que acontece a nuestro alrededor, y remediarlo en las urnas (no en la maledicencia) si somos parte de la mayoría. No seamos como los parásitos que matan al organismo que los nutre. Tenemos libertad para todo, menos para terminar con la libertad. Las dosis de veneno desinformativo, tendencioso, sesgado… que diariamente nos inoculan, hacen que la confianza se pierda y olvidemos que más vale un Estado de Derecho, imperfecto pero perfectible, que no tener Estado de Derecho.
Los sistemáticos detractores del poder legítimo; los malévolos “iluminados”, consideran dogma de fe, que solamente ellos pueden salvar a la Patria, evidentemente, no dicen cómo. Son ídolos con pies de barro. Son oposición, no proposición.
El camino que nos llevaría a una fácil mejoría, según ellos, pasa por formas de vida tan dramáticas como las que actualmente viven algunos países hermanos de Latinoamérica y del mundo. Claro, en ciertos actores del acontecer nacional y en determinados grupos ciudadanos, el odio es de tal manera recalcitrante que preferirían el peor de los sistemas, con la única condición de que gobiernen otros, no importa que sean políticamente ineptos, administrativa y financieramente ineficaces, éticamente autoritarios y rapaces. Les importa más adorar a diferentes diablos, aunque vivan en peores infiernos.
Estamos en una situación similar a la de los enfermos que prefieren automedicarse antes que consultar al especialista. Generalmente resulta peor el remedio que la enfermedad. Es un involuntario suicidio. ¿Eso queremos?
Octubre, 2015.