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El poder: una enfermedad incurable

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El poder: una enfermedad incurable

LAGUNA DE VOCES

En realidad, todos los enfermos de poder se hartan de sí mismos, y en la última etapa de la enfermedad buscan, a toda costa, que sea la muerte, solución definitiva a sus terrores matutinos, vespertinos y nocturnos, en que vive la pesadilla del que ha cometido tantas tropelías, que solo pide llegue la justicia divina sin tanto dolor, como el que infligió a sus semejantes. Ha sido así desde tiempos inmemoriales, desde el primer momento en que un hombre fue investido con la capacidad de tomar decisiones por todos los otros que le otorgaron ese don, porque confiaban en su capacidad y voluntad para no enloquecer.

Pero siempre ha sido en vano, cualquier medicina preventiva ha resultado ineficaz, y resulta que solo los tontos son ajenos al embrujamiento que provoca reconocer y descubrir todo lo que implica tener en las manos el poder.

Al menos por eso en nuestro país, hemos vivido sexenios que terminan sin complicaciones, incluso con presidentes que celebran la victoria del oponente, y dispuestos están a entregarle la Gran Silla del Águila, para luego desaparecer y regresar a su vida rutinaria, aunque eso sí, con mucho dinero. Les tiene sin cuidado todo lo que dejan, porque en realidad nunca les interesó.

Los casos más graves, y usted los conoces, son protagonizados por los que no son tontos, pero solo inteligentes para atesorar más y más poder, jugar a que nunca se irán, a que en vida son los nuevos libertadores de la humanidad, Semidioses, pero fatalmente mortales. Y a eso le temen: al tiempo. Que no los perdona, que los hace viejos y marca con absoluta exactitud el momento, el instante en que habrán de expirar y volver a la nada, sin oportunidad alguna de unirse a divinidad alguna, porque ofendieron tanto, maltrataron tanto a sus semejantes, que ni ese consuelo pueden tener.

Sí. Hacen su paraíso, pero también su infierno en la tierra, con fecha de caducidad que no se puede alterar, porque está marcada con tinta indeleble, terrible, imposible de borrar o de alterar.

La humanidad ha sido testigo fiel y constante de estos hechos, porque antes de lo que siempre sucede, conocían al interfecto, le reconocían su serenidad y desinterés por el simple poder, y apostaban todo a que no cambiaría, que se reconocería en el rostro de sus semejantes sin odios de ningún tipo.

Nunca fue así.

Cuando la enfermedad pega, todo remedio será en vano.

Es la desgracia que acosa a la humanidad, que camina y camina en busca de ese momento en que, por vez primera y definitiva, un simple ser humano es capaz de enfrentar todos y cada uno de los elementos que conforman la transfiguración del poder, y ser siempre él mismo, siempre.

Por desgracia esa posibilidad resulta tan absurda, tan rara, que cuando ese alguien se presenta con esas características, tarde o temprano termina asesinado por las que serían sus víctimas, que no aceptan, nunca aceptarán que un victimario, un enfermo desahuciado, recupere la salud, producto de un milagro.

Eso no. Eso nunca.

Mil gracias, hasta mañana.

Mi Correo: jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico

X: @JavierEPeralta