Arq. Guillermo Rossell de la Lama
Tercera parte
Alterando un poco la cronología de los sucesos, debo relatar mi afanosa y frustrada búsqueda de la diputación local, para el primer trienio rosselliano. Admito que visité algunas de las siete casas en pos de la bendición sacramental. Aunque se siente feo, resignación es la mejor medicina que los sabios recetan en estos casos. Fortalecí mi convicción de que, para buscar un cargo político, no existe mejor trinchera que el Partido, aunque es sabido que este es un medio, se debe trabajar en él como si fuera un fin.
La dinámica interna del Partido permite evaluar la fuerza de cada secretaría, de los sectores, organizaciones, gremios y actores territoriales. En Hidalgo, la organización campesina sigue siendo básica para realizar labores de promoción, gestoría y búsqueda de cargos de elección popular. La fuerza ancestral de los comisariados ejidales y de bienes comunales, aporta sustento estructural a cualquier candidatura, obviamente, cuando las lealtades permanecen; la CNC, la CCI, la URECHH y otras, son (¿eran?) pilares tricolores en el campo. La Confederación Nacional de Organizaciones Populares, se nutría del concepto gremial, fundamentalmente en el medio urbano. El Sector Obrero es un mundo aparte por la fuerza de sus centrales nacionales, principalmente la CTM.
Bajo este esquema, por antecedentes familiares y mi calidad de ejidatario, el espacio natural de mi aspiración era la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos, aunque también, como profesionista, tenía cabida en la Federación de Organizaciones Populares. Ante la renovación de la dirigencia campesina, trabajé con afán para lograrla; según me dijeron los enterados, llegué a la etapa final; me derrotó por mi gran amigo, Gonzalo Rodríguez Anaya.
El Sector Popular estaba bajo la dirección del Profesor nayarita Rubén Águila Chávez, en su tiempo, maestro de los hijos del Gobernador, principalmente de Mauricio, el más joven, a quien asesoraba en las tareas escolares. El “Profe” canalizaba su hiperactividad en pintar cuanta barda, piedra o cualquier espacio disponible (no siempre idóneo), en el territorio de la entidad y a veces, fuera de él. En viaje por cualquier carretera estatal, se miraba con letras que no eran precisamente modelos estéticos, la rudimentaria propaganda: CNOP, CNOP, CNOP… y así, hasta el infinito.
Como no pude alcanzar la CNC, proyecté mis baterías para conseguir la Secretaría General de la Federación de Organizaciones Populares. La empresa no era fácil por el cariño que Rossell profesaba al dinámico nayarita. Decidí esperar a que los astros se mostraran alineados y propicios para consumar mis propósitos institucionales. Mientras tanto, seguí trabajando junto a Orlando Arvizu, Jaime Flores, Eliseo Espinosa, Mauricio Villarreal y otros. Rossell era un torbellino: incansable, creativo, directo, claridoso… a veces hiriente por sus juicios lapidarios. Así transcurrieron los primeros tres años.
Sin perder de vista mi objetivo primordial, que era la diputación local, renové mis visitas a las fuentes reales de decisión, quienes me aseguraron que en esta ocasión sí conseguiría mi propósito. Un día, mi amigo y Maestro, Don Jaime Flores Zúñiga, con el evidente respaldo de su paisano, el Presidente del CDE, recibió una llamada para hacerse cargo de un espacio eminentemente político: la Dirección General de Gobernación; ocupé su lugar como Oficial Mayor del CDE.
Cuando las fechas se aproximaban para dar a conocer las candidaturas a las quince diputaciones de mayoría, el Gobernador me llamó para nombrarme (de facto) Secretario de Audiencia Pública y Seguimiento, hecho que entorpecía mi camino hacia la diputación, pues por disposición constitucional, treinta días antes de la elección, no podía desempeñar un cargo dentro de la estructura del Ejecutivo. Con estas presiones, tuve que hacer uso de todos mis recursos para no estampar mi firma en el desempeño de la Secretaría, pues quedaría evidencia de mi impedimento constitucional. Me dediqué a seguir el proceso de selección, trasladándome a México por las noches para recibir orientaciones e información de mis contactos.
Un buen día, con todas las presiones encima, me hablaron por la red, con la instrucción perentoria: “Te habla en Gobernador, que lo alcances en el puente de Colonias”. De inmediato partí al lugar indicado. Con su habitual energía, el mandatario me espetó: “Prisciliano, ¿quieres ser diputado? La pregunta obligaba a una clara respuesta: “¡Sí, señor!” “Bueno, vas a ser candidato: ¡Pregúntame por qué!” “¿Por qué, Señor?” “¡Por la voluntad de tu gobernador! ¡Dame las gracias!” “Gracias, Señor Gobernador”. “Vete a México a la Oficina de la Representación”. Obviamente partí de inmediato y en las instalaciones indicadas me encontré a personajes como: Don Elías Ramírez Ordaz, Beto Franco López, Pablo Mendoza Pérez, Agustín Straffon Arteaga, Gonzalo Rodríguez Anaya, Roberto Zerón y otros más. Después, la campaña, la elección y todo el procedimiento previo a la toma de protesta como legislador local.
En esta etapa, recibí la indicación de acudir a las oficinas de la Secretaría de Gobernación, en la calle de Bucareli, en el Distrito Federal. Ahí, el Subsecretario Pérez Correa, me hizo un fuerte interrogatorio, en el cual salieron a relucir desde mis orígenes campesinos, hasta mi participación en el movimiento estudiantil de 1968, con sus muy escasas manifestaciones en nuestra Universidad. Pérez Correa, profesional, serio, implacable… preguntaba, tomaba notas y me daba indicaciones para lo que sería mi primera misión como Diputado Electo: asistir a un Encuentro Nacional de Legisladores, en la ciudad de Hermosillo, Sonora. Roberto Zerón Sánchez, Hernán Mercado Pérez, Jaime Baños Paz y yo, participaríamos con base en las instrucciones recibidas.
En el desarrollo de los trabajos, de manera natural se entabló un enérgico debate con representantes del PPS, sobre temas constitucionales; fui circunstancial aliado de Enrique Burgos (después Gobernador de Querétaro), quien con su amabilidad característica me preguntó: ¿Eres Maestro de Derecho Constitucional?, tus argumentos fueron contundentes. Te felicito. Desde entonces, Enrique y yo conservamos una respetuosa amistad.