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El gobernador y yo

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Don Manuel (Cuarta parte)

Cerré la pasada entrega con una afirmación que hiciera Don Manuel, varios años después de los sucesos que aquí relato. Un distinguido político me preguntaba ¿Por qué consideraba el viejo líder que Echeverría lo había hecho víctima de un engaño? 

La explicación, a mi juicio tiene, por lo menos, dos vertientes: la primera, lleva a concluir que la decisión del Senado de la República al declarar la desaparición de poderes, no fue ocurrencia, sino producto de una maquiavélica premeditación; la vida política del Maestro Sánchez Vite y del Estado de Hidalgo, quedó sellada tal vez desde el momento en que salió, en no muy buenos términos, del CEN del PRI: la segunda, los personalísimos afectos del Presidente, como ya se dijo, estaban con el molanguense Abel Ramírez Acosta, Secretario General de Gobierno; hacerlo gobernador implicaba su fatal caída en poco tiempo, por lo tanto, decidió crear una víctima sin gran significación histórica, política y mucho menos amistosa. El “favorecido” fue un hombre inteligente, humano, bien intencionado… el Doctor Otoniel Miranda Andrade; pero este es otro cuento que contaré después; por ahora retomo el hilo de los acontecimientos.

El “destape” tuvo éxito tras múltiples intrigas que, entre bambalinas, se daban en el seno del Partido, sus sectores y organizaciones, tanto en el ámbito local, cuanto en el nacional. El hermetismo en el manejo de la información era característica del Gobernador y de su círculo más cercano; a los simples mortales, sólo nos quedaba especular con base en las escasas filtraciones que en este universo circulaban. Se escuchaban rumores, por ejemplo, que el SNTE se mostró inconforme hasta el último momento; de igual manera, la dirigencia de la CNC. A pesar de todo, las cosas siguieron su curso y en los niveles iniciáticos empezó a planearse la campaña sin contratiempo alguno; siempre con la mano del Maestro que no se veía, pero invariablemente se sentía.

Pocas cosas quedaban a la improvisación. Cada etapa de la gira, cada acto (formal e informal) era cuidadosamente planeado y revisado. Se procuraba dar la palabra de manera equilibrada a varones, mujeres, jóvenes… desde luego, de acuerdo con la representatividad de la jornada; de esta manera, se perfilaban los candidatos a las quince diputaciones locales. Para afinar las formas, se integró un grupo con: Don Roberto Valdespino Castillo (Coordinador del Congreso local), Gabriel Navarrete Alemán (Magistrado), Rodolfo Escudero Austria (prestigiado Profesor), José Luis Guevara Moctezuma (joven y brillante abogado. QEPD), además de quien esto escribe. En un bunker acondicionado exprofeso, manufacturábamos tarjetas informativas para el informe de gobierno, lo mismo que proyectos de discursos para cada acto, mitin, reunión, asamblea… y hasta para ofrecer o agradecer desayunos y comidas. Por equiparación con un grupo similar que operaba a nivel nacional en torno a Don Luis Echeverría, el equipo de campaña nos identificaba, no sin sorna, como “La plataforma de intelectuales”.

El primer acto de campaña fue en la cabecera municipal de Zimapán. El naciente poderío político y económico de César Sánchez Lozano, se dejó sentir en un impresionante mitin al que siguió elegante y nutrida cena, con un espectáculo artístico de primer nivel y la asistencia de destacados líderes regionales; todo en un ambiente de solidaridad partidista, de reconocimiento al liderazgo del candidato quien reunía, en su persona, todo el poder del gran ausente: Don Manuel Sánchez Vite.

Dentro de sus respectivas proporciones, escenarios similares vivimos en esa primera gran jornada. Después de Zimapán, vinieron Jacala, Chapulhuacán, La Misión, Pisaflores… hasta dar vuelta por San Luis Potosí, para arribar a la huasteca hidalguense. Fiesta cívica permanente: confeti, cohetones, porras, música… todo como marco de las conjeturas en relación con el futuro político inmediato de cada actor en ese escenario. Así recorrí prácticamente todo el territorio estatal, el cual conocía sólo por las clases de geografía que recibí en tercer año de primaria. 

Los, para mí, extraños mundos de la huasteca, la sierra, el altiplano y el valle, se abrieron a mi curiosa mirada. Aunque vagamente, recuerdo los grandes mítines en varias cabeceras municipales. Imborrable, por ejemplo, permanece el acto en Acaxochitlán: enorme, pintado con abundantes juegos pirotécnicos; concentración que sería digno marco para el ungimiento como próximo legislador, de quien sería, para siempre, mi respetado amigo: Don Carlos Sosa Calva.

Así se dieron las definiciones: quince candidatos y candidatas (algunas, verdaderas sorpresas) completaron la lista de cargos a elegirse en una misma jornada. Es obvio reiterar que el PRI era absolutamente dominante; el concepto de legisladores plurinominales, aún estaba lejano.

Sin contratiempos dignos de mencionarse, nuestra entidad llegó a un pacífico relevo de los poderes locales. El Doctor Miranda arribó al recién estrenado Palacio que, en la Plaza Juárez, se erigió para sustituir a la vetusta Casa Rule.

Creo necesario insistir en que ésta no es una crónica, ni una consignación exacta de fechas, nombres y sucesos. Representa simplemente la visión que de los hechos tuve en esa etapa de mi vida, obviamente a la luz de posteriores experiencias. Las vivencias cerca del Doctor Otoniel Miranda, serán motivo del siguiente capítulo de esta serie; por ahora voy a cerrar lo correspondiente a mis vivencias con el Maestro Manuel, a quien, como lo hice en tiempos difíciles, reitero las seguridades de mi amistad y gratitud. Aclaro que, en su tiempo, no desempeñé cargo alguno ni recibí prebendas económicas ni de alguna otra especie. Él decía: “A los jóvenes hay que darles oportunidades, no dinero”.

Todos recordamos el repudio que, contra él, sembraron sus adversarios; el estigma persiguió por largo tiempo a quienes no renegamos de esa relación; al respecto, me decía: “No se preocupe, a nivel nacional, cuando se quiere denigrar a alguien, se le dice comunista; en Hidalgo sanchezvitista”. 

Muchas aguas pasaron ya bajo los puentes, pero entonces procuré no desligarme del hombre que tan definitivamente influyó en mi formación política y humana. Fuera ya de cualquier pretensión, solía yo visitarlo en diferentes puntos de la ciudad de México, en donde amablemente me recibía para sostener larguísimas conversaciones. Siempre será un privilegio escuchar a un viejo sabio que, sin egoísmos, dice su verdad a un curioso aprendiz de político.

Un día, durante el gobierno de Don Jorge Rojo Lugo, mi gran amigo Venancio Contreras Plata, telefónicamente me dijo: debes ir a Molango, acaba de morir la mamá de Sánchez Vite. Sin pensarlo, en compañía del Profesor y Contador Público, Roberto Calderón Campos, me dirigí a aquella ciudad serrana; el cortejo salía de la iglesia rumbo al panteón; Don Manuel me vio entre los asistentes, me llamó, me tomó del brazo y así me llevó durante todo el trayecto hasta la última morada de su señora madre. Sereno, sin demostrar el dolor que seguramente sentía, fuimos platicando intrascendencias de su infancia. Ésta fue la última vez que conviví con él y que pude agradecer su amistad y sus enseñanzas.